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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 49

En todos sus años dirigiendo Orizon, Federico se había acostumbrado a que todo el mundo le rindiera pleitesía.

Verse ignorado de esa forma por Magdalena le revolvió un poco el estómago.

Así que la siguió.

Magdalena entró a la cocina y se puso el delantal.

Federico sabía de sobra que Magdalena era hermosa.

Pero para él, la "belleza" no era más que un accesorio inútil.

No era algo de lo que pudieras vivir.

Pensando en esto, se quedó plantado mirándola.

Ella, de pie en la cocina, llevaba el largo cabello recogido, dejando caer un par de mechones sueltos sobre los hombros que se mecían al compás de sus movimientos.

Bajo la cálida luz amarilla, Magdalena parecía brillar con luz propia.

La exquisita línea de su mandíbula hacía que su perfil fuera casi perfecto.

Incluso sin una gota de maquillaje, tenía un rostro digno de la portada de una revista.

Magdalena volteó a verlo, notando que la seguía, y frunció el ceño:

—¿Qué haces ahí parado?

Federico fingió desinterés, se sirvió un vaso de agua fresca, carraspeó y dijo:

—Viendo si necesitas algo.

¿Ah, sí?

Magdalena lo miró escéptica.

¿Él ayudándole a ella?

A duras penas y sabría de qué lado se abrían los cajones.

—No hace falta —le respondió, y continuó sacando la carne molida de cerdo; le añadió la cantidad justa de castañas de agua, sazonó con jengibre y cebollines, y la dejó marinar.

Federico seguía mirándola en silencio.

Hasta que Magdalena notó que la pimienta negra estaba en el estante de arriba.

Los techos de la casa eran muy altos. Intentó estirar el brazo, pero no llegó.

Se puso de puntitas, dio un saltito, y nada.

Federico seguía bebiendo de su vaso con calma, sin hacer el menor amago de ayudarla.

Con cada saltito de Magdalena, las puntas de su cabello rebotaban graciosamente.

Parecía una pequeña conejita intentando alcanzar una zanahoria.

Magdalena paró un segundo, aguzó el oído y se dio cuenta de que Federico seguía ahí. Se sintió el hazmerreír.

Así que volteó y lo fulminó con la mirada.

Él solo levantó una ceja:

—¿No dijiste que no necesitabas ayuda?

Ella se mordió el labio, furiosa.

Federico se acercó a paso lento.

En sus tupidas pestañas se había formado una pequeña montañita blanca.

—Tú... —Quiso hablar, pero al hacerlo sacó nubes de polvo por la nariz.

Al ver al impoluto Señor Suárez soltando humo cual locomotora, Magdalena no pudo contenerse y estalló en carcajadas.

Su risa solo hizo que la harina siguiera nevando sobre él.

Federico se quedó sin palabras.

Cuando iba a decir algo, le sonó el celular en el bolsillo.

Magdalena bajó la vista; al ver el nombre de "Anaís" en la pantalla, la sonrisa se le borró al instante.

Era un mensaje de texto:

[Federico, estoy afuera de la casa familiar. Hace mucho frío. Si te robo una de tus bufandas para taparme un poquito, Magda no se va a molestar, ¿verdad? Emoji travieso.]

La calidez que Magdalena había comenzado a sentir se congeló de golpe.

Federico se sacudió la harina del rostro, recuperando su habitual compostura:

—Sigue en lo tuyo.

Sin poder evitarlo, Magdalena le agarró la ropa:

—¿Podrías no ir?

En el fondo, le dolía renunciar a esa chispa de intimidad que acababan de tener.

Él se quedó callado por un segundo y se soltó de su agarre:

—Lo siento.

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