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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 61

Solo Dios sabía lo incrédulo que se sintió el secretario Yáñez cuando el personal del restaurante le dijo que habían recuperado aquel conjunto de joyas de la basura.

En el pasado, la señora se lo habría puesto de inmediato, sin poder esperar.

¿Cómo era posible que lo hubiera tirado a la basura?

Era algo que ni siquiera se atrevía a mencionarle al señor Suárez.

El secretario Yáñez se quedó paralizado, sumido en la incomodidad.

Comparada con Anaís, siempre había sentido más aprecio por Magdalena.

El secretario Yáñez midió sus palabras con cuidado:

—Señora, la verdad es que el señor Suárez todavía se preocupa mucho por usted.

Al terminar la frase, un pesado silencio cayó sobre ambos.

Era una afirmación que ni quien la pronunciaba se la creía.

El secretario Yáñez se frotó la punta de la nariz, buscando a duras penas un argumento:

—La última vez, cuando todo internet la atacó por aquella entrevista, el señor Suárez movilizó al equipo legal de la empresa para ayudarla a aclarar la situación.

Magdalena se quedó un poco atónita al escucharlo.

Realmente no esperaba que Federico la ayudara.

Con razón las cuentas oficiales habían actuado tan rápido después de que ella publicara su comunicado.

Sin embargo, Magdalena no sintió la dulzura ni la alegría que cabría esperar.

Tal vez había sufrido tantas muestras de frialdad y desdén que ahora solo sentía una opresión amarga en el pecho.

Casi tenía ganas de llorar.

Era como comerse un caramelo caducado: un dulzor que dejaba un regusto tan amargo que hasta las yemas de sus dedos temblaban levemente.

Magdalena pensó que realmente había amado muchísimo a Federico, pero ya no podía seguir soportándolo.

Su propia vida y su paz mental también valían.

Guardó silencio un momento y, cuando volvió a hablar, su voz sonó un poco ronca, pero desprovista de toda duda.

—Gracias, secretario Yáñez.

—Pero nada de eso me importa ya. Le pido que haga que el presidente Suárez firme lo antes posible, o si prefiere, puedo contactarlo yo misma.

El secretario Yáñez no iba a decirle que aquel documento debía ser revisado primero por doña Elvira.

Solo asintió por el momento:

—Entendido, señora. Avanzaré con este asunto lo más rápido posible, le ruego que espere un poco.

Al colgar el teléfono, el secretario Yáñez sintió una punzada de inquietud.

No era propio de él cometer un error tan básico.

Magdalena era consciente de que ya no debería entrometerse en los asuntos de Federico, pero en una emergencia así, no podía dejarlo morir.

Sentía como si miles de hormigas le recorrieran el cuerpo por la ansiedad.

Una vez que Federico estuviera fuera de peligro, cortaría los lazos definitivamente.

El secretario Yáñez colgó y rebuscó con desesperación en la basura, pero no encontró ningún recipiente de comida.

A sus espaldas, Federico ya se había levantado apoyándose en el escritorio.

Se tambaleó un par de veces y se desplomó pesadamente contra el suelo.

—¡Dios mío, el presidente Suárez se ha desmayado!

Magdalena no pensó en nada más.

Se giró hacia su chófer:

—Por favor, dé la vuelta. Vamos a la sede del Grupo Orizon.

Luego ordenó por teléfono:

—¡Secretario Yáñez, llame de inmediato a una ambulancia!

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