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Ya no Soy la Otra: La Venganza de la Olvidada romance Capítulo 69

—No iremos a la casona familiar. Vamos a Estrella Entertainment.

Aunque Federico era el dueño absoluto de Estrella Entertainment, rara vez se inmiscuía en las operaciones diarias de la empresa.

Verlo aparecer de improviso dejó a los empleados entre aterrorizados y eufóricos.

Magdalena empujó la puerta de la sala de reuniones.

Y ahí estaba él, sentado majestuosamente.

Detrás de la pesada mesa de caoba, el hombre estaba de espaldas a los ventanales, con las piernas cruzadas, exudando el aura de un jefe intocable.

Magdalena vaciló un segundo antes de hablar:

—Señor Suárez, ¿qué se le ofrece?

Federico giró la silla bruscamente y arrojó una carpeta sobre la mesa:

—¡Tú sabes perfectamente lo que hiciste!

Magdalena se tensó.

Levantó la vista y se encontró con la mirada de Federico.

Era una mirada despiadada.

La observaba como si fuera un objeto roto y desechable.

Una ira ardiente y desconocida comenzó a burbujear en el pecho de Magdalena.

Respondió con fría calma:

—No tengo la menor idea.

—¿Que no tienes idea?

Federico golpeó la carpeta con el dedo índice:

—Esta propuesta de adquisición para Auge Media fue redactada por Anaís. Justo después de que me la presentó, fuiste y le entregaste una copia idéntica a Kevin Lira. ¿Y todavía te atreves a decir que no sabes de qué hablo? ¿Vas a negar que robaste este documento?

Así que era eso.

Federico la acusaba de plagio sin molestarse en investigar la verdad.

¿Todo para darle el crédito a su adorada mosquita muerta?

Magdalena dejó escapar una sonrisa helada.

Justo en ese momento, la puerta se abrió y entró Anaís.

Con su mejor expresión de inocencia fingida, preguntó:

—¿Qué está pasando aquí?

Se acercó a Federico y vio la propuesta sobre la mesa.

La furia acumulada exigía ser liberada.

—¿Tanta es tu prisa por venderte al Grupo Lira y ganar puntos con Kevin? Te recuerdo de quién eres esposa.

Era un chiste de mal gusto.

¿Ahora resulta que Federico recordaba que ella era su esposa?

El corazón de Magdalena ya estaba destrozado.

Un insulto más no iba a cambiar nada.

Pero, al mismo tiempo, agradeció al cielo haber registrado los derechos de autor de su obra.

De lo contrario, la habrían aplastado sin piedad.

Federico negó con la cabeza, mirándola con una profunda decepción:

—¿Cómo pude estar tan ciego contigo? Llegué a pensar que eras inteligente, sensata y trabajadora.

—Resulta que solo eres otra oportunista buscando el camino fácil, Magdalena.

Señalando los documentos, le exigió:

—Este es el resultado de tres noches enteras de trabajo de Anaís. Te lo robaste a sus espaldas. ¿Acaso no tienes vergüenza?

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