Magdalena apretó los labios, clavando la mirada en el hombre que tenía enfrente.
Podía sentir cómo su cuerpo se helaba por completo.
Como si la hubieran arrojado a la nieve en pleno invierno.
No quedaba ni la más mínima chispa de calidez en ella.
Al escuchar la reprimenda, Anaís tiró suavemente de la manga de Federico.
—Federico, Magdalena solo quería demostrar su valía. No le guardo rencor. Con que me pida disculpas y prometa no volver a hacerlo, será suficiente.
Federico tomó la mano de Anaís y la miró con admiración.
—Tú eres demasiado noble, pero yo tengo la obligación de darle una respuesta a la empresa.
Aunque Magdalena no trabajaba directamente para Orizon, era artista de Estrella.
Si permitía que los empleados se robaran proyectos corporativos para dárselos a la competencia, ¡la empresa se iría a la ruina!
Federico le dio un ultimátum:
—Ya la escuchaste. Pídele perdón a Anaís.
Magdalena escuchó cómo ambos hacían su teatrito, dándose la razón mutuamente.
Cuando terminaron con su escena, se acercó a la mesa, tomó la propuesta y la hojeó con fingido interés.
Lanzó una sonrisa cargada de hielo y desafió:
—Federico, me acusas de robarle el proyecto a Anaís. Dime, ¿tiene ella alguna prueba de que esto es de su autoría?
Tenía unos hermosos ojos grandes y expresivos, y cuando miraba con esa sonrisa enigmática, resultaba intimidante y magnética.
—Directora Cárdenas, si llama a este proyecto por su nombre, ¿acaso le responde?
Federico perdió la poca paciencia que le quedaba:
—Magdalena, decidí arreglar esto a puerta cerrada para darte la oportunidad de enmendar tu error. No te pases de lista.
Los hombros de Anaís temblaron sutilmente:
—Magdalena, ¿cómo puedes decir algo así?
Se tocó la punta de la nariz con delicadeza:
—Fui yo quien redactó cada palabra de ese proyecto, e incluso discutí los detalles con Federico en la reunión. Esos ajustes son imposibles de copiar de la noche a la mañana...
Federico ordenó con frialdad implacable:
—Discúlpate.
Magdalena los ignoró por completo y se dirigió al secretario:
—Secretario Yáñez, hágame el favor de ir a la sala de descanso de los artistas y traer mi computadora.
El secretario asintió.
Al abrir la puerta, el personal que estaba afuera husmeando se dispersó despavorido.
En cuestión de minutos, el secretario regresó con la laptop.
Exactamente. Esa era la razón por la que Federico la había acusado sin dudarlo.
En su mente, era inconcebible que Magdalena tuviera semejante capacidad.
—¿Falsificar las fechas?
Magdalena no perdió el tiempo y abrió otra pestaña en el navegador.
Era la página oficial de la oficina nacional de derechos de autor. Con movimientos ágiles, ingresó su número de registro.
En segundos, apareció el certificado oficial del proyecto de adquisición para Auge Media. En la casilla de autor, figuraba un solo nombre: Magdalena Jurado.
Solo ella.
Y la fecha de registro era de hacía una semana.
Magdalena se reclinó en la silla y observó a Anaís con absoluta frialdad:
—El registro de derechos de autor exige la validación de una entidad gubernamental. Supongo que nadie aquí se atreverá a refutar eso.
Anaís escondió las manos debajo de la mesa; le temblaban descontroladamente.
La expresión de Federico finalmente comenzó a resquebrajarse.
Anaís se puso de pie de un salto:
—¿Y eso qué prueba? ¡El registro todavía está en revisión! ¡Seguro es una trampa! Magdalena, tú te robaste mi proyecto y encima eres tan cobarde que no lo admites.
Al escuchar los insultos desesperados, la sonrisa de Magdalena se borró por completo.

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