—Entonces, ¿cuándo le parece conveniente al señor Quezada?
Patricio la miró fijamente con sus ojos oscuros y profundos.
—¡Lárgate de aquí y espera mi aviso! —le espetó con total frialdad tras un largo silencio.
Leticia se dio la vuelta para marcharse, con las lágrimas a punto de desbordarse.
—Llévate tus porquerías.
Leticia tomó aire, se dio la vuelta, se puso en cuclillas y recogió el acuerdo de divorcio del suelo.
Una lágrima cayó pesadamente sobre el papel.
Patricio frunció el ceño con absoluto desprecio.
En cuanto salió de la oficina, Leticia no pudo contenerse más y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas como perlas desprendidas de un hilo.
Había mucha gente caminando por las áreas comunes y todos la miraban con curiosidad.
—¿Quién es ella?
—No la conozco.
—Vestida así, ¿habrá venido a pedir trabajo para limpieza?
—Jajaja.
Los murmullos eran crueles y punzantes, y las miradas que le dirigían estaban cargadas de burla.
Leticia no pudo soportarlo un segundo más; se tapó la boca y corrió a esconderse en las escaleras.
Él le había pedido que fuera únicamente con la intención de humillarla.
Como no la amaba, todo lo que ella hiciera siempre estaría mal.
Néstor fue a buscarla y le ofreció un paquete de pañuelos.
—Disculpe, señora. La señorita Ximena llegó desde temprano y ha estado en la oficina del señor Quezada todo el tiempo. Él dio la orden de que nadie podía entrar sin su permiso.
*¿Por eso la hizo esperar tantas horas?*
Leticia no tomó los pañuelos y se limpió las lágrimas ella misma.
—Estoy bien.
Néstor asintió y se retiró.
Leticia suspiró profundamente, sacó un espejo de su bolsa y se miró. Tenía la nariz roja de tanto llorar, el rostro lleno de marcas de lágrimas y el poco maquillaje que se había puesto en la mañana estaba arruinado.
Ni hablar de los hombres; hasta ella misma odiaba verse así.
Con todo ese alboroto, ya era la una de la tarde.


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