Leticia asintió con gratitud. Sabía perfectamente que Miguel le ofrecía eso porque le preocupaba que, al no haber trabajado nunca, el cambio repentino fuera demasiado duro para ella.
Que el director general se ofreciera a guiarla personalmente ya era un favor inmenso.
Le dio las gracias y se puso de pie para despedirse.
—Leticia.
Justo al llegar a la puerta, la voz de Miguel la detuvo.
Leticia volteó a verlo.
—Sea como sea, felicidades por empezar una nueva vida.
Miguel le sonrió.
Leticia le devolvió la sonrisa.
Al salir del edificio de Tecnologías López, notó que las bardas de los jardines estaban repletas de bugambilias floreciendo en colores vibrantes, meciéndose con el viento.
Soltó un largo suspiro y, por primera vez en mucho tiempo, mostró una sonrisa honesta y genuina.
Una rama llena de flores se asomaba hacia la banqueta y Leticia se acercó a tocarla.
—¡Hola! —les dijo a las flores con una sonrisa.
Llegó a su casa alrededor de las cinco y media de la tarde.
Mientras bajaba la cabeza para cambiarse los zapatos, vio los zapatitos de Alejandro perfectamente acomodados.
Sintió una cálida alegría en el corazón, pero al entrar a la sala, vio a Lorena abrazando a su hijo.
—Tu mamá se la pasa todo el día en casa sin hacer nada de provecho, y ni siquiera fue a recogernos. A partir de ahora ya no vamos a querer a tu mamá, ¿verdad?
Alejandro frunció su pequeño ceño.
—No.
Lorena soltó una carcajada burlona.
—Alejito —lo llamó Leticia.
El niño volteó de inmediato y, al verla, su rostro se iluminó de alegría.
—¡Mamá! —corrió hacia ella haciendo un puchero—. Mamá, ¿por qué no fuiste a recogerme hoy?
Leticia lanzó una mirada helada hacia Lorena antes de acariciar la mejilla de su hijo.
—Mamá tuvo cosas importantes que hacer hoy, ¿por qué no vas a pintar un rato?
Alejandro obedeció a regañadientes y se fue a su cuarto de pintura.
Lorena hizo el amago de irse también.
—¡Lorena! —le gritó Leticia.
—¿Y ahora qué se le ofrece? —respondió la mujer con tono sarcástico.


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