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Ya no soy tu Esposa, ni su Madre, ni su Hija: Solo Soy Yo romance Capítulo 5

El lunes.

Leticia primero llevó a Alejandro al kínder y, al regresar, comenzó a preparar los documentos para el divorcio.

Redactó un acuerdo de divorcio en el que dejó muy claro que no pediría ni un solo centavo ni la custodia de su hijo.

Leticia siempre había sido brillante. Había ingresado a un programa de alto rendimiento y obtuvo su maestría en ciencias de la computación en la Universidad Metropolitana, la institución más prestigiosa del país.

Ser racional y analítica era su talento natural. El único y gran tropiezo de su vida había sido Patricio.

La familia Quezada creía que se había casado con él por su dinero, así que quería demostrarles lo contrario rechazando cada centavo.

En cuanto a la custodia, sabía que tenía las de perder.

Además, quedarse en la familia Quezada le garantizaría a Alejandro un futuro brillante.

Incluso si luchara a muerte por obtener la custodia, su hijo probablemente terminaría resentido con ella cuando creciera.

En lugar de vivir eso, era mejor dejarlo ir.

A las nueve cuarenta, llegó al edificio del Consorcio Quezada.

Como no tenía cita previa y los empleados no la conocían, la detuvieron en la recepción.

Tuvo que hacer una llamada, y muy pronto apareció Néstor, el asistente principal de Patricio.

Néstor era el único empleado en toda la empresa que conocía su verdadera identidad.

—El señor Quezada está resolviendo asuntos corporativos, es posible que tenga que esperar un rato.

—No importa, puedo esperar.

Ambos subieron por el elevador. Néstor la guio hasta una sala de descanso y de inmediato desapareció.

Leticia esperó durante unas dos horas.

En todo ese tiempo, nadie se asomó a verla ni le ofrecieron un triste vaso de agua.

Justo cuando empezaba a desesperarse, la puerta se abrió repentinamente y entró un hombre vestido de traje.

El sujeto inclinó la cabeza, a punto de encender un cigarrillo.

Leticia se apresuró a detenerlo.

—Disculpe, señor, aquí no se permite fumar.

—¿Qué te pasa? —murmuró el hombre, mirándola de pies a cabeza. Al ver su ropa tan sencilla, que no correspondía a alguien de importancia, comenzó a gritarle—: ¿Estás loca? ¡Esta es la sala de fumadores! Y todavía me dices que no fume, ¡tú qué te metes!

Leticia palideció de vergüenza.

—Lo siento.

Se dio la media vuelta y salió rápido de ahí.

En la puerta había, en efecto, un letrero de área de fumar. Había seguido a Néstor sin prestar la más mínima atención a los detalles.

Néstor no tenía nada en su contra, no había razón para que le jugara una broma tan pesada.

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