Leticia se mordió la lengua, sintiendo en su boca un sabor amargo mezclado con la sangre de la herida.
*Era cierto lo que decían: la mujer amada siempre es la más hermosa.*
Frente a esta versión de Ximena, ¿con qué armas podría ella competir?
Pero, ¿acaso Ximena no sabía que Patricio estaba casado?
¿Cómo podía una mujer tan perfecta y de sociedad resignarse a ser la amante de alguien?
Sintiendo una opresión asfixiante en el pecho, Leticia se puso de pie para irse.
—Tengo cosas que hacer...
—¡Leticia! —la interrumpió Ximena de golpe. Sacó una tarjeta de presentación de su bolso y le dijo con un rostro lleno de sinceridad—: No sé qué haya pasado contigo en todos estos años. Esta es mi tarjeta, si necesitas algún tipo de ayuda, llámame.
Leticia se puso pálida y apretó los dientes.
—No lo necesito...
—Leticia, somos buenas amigas. Te juro que no lo digo con ninguna mala intención, solo quiero apoyarte...
Con las manos temblorosas, Leticia apartó la tarjeta y salió corriendo hacia la puerta como si huyera de un desastre.
Los demás clientes en la cafetería habían escuchado su conversación y levantaron la cabeza para mirar hacia la puerta. Sus miradas de lástima y compasión eran tantas que parecían atravesar a Leticia, pero de inmediato se suavizaron al posarse en Ximena, reflejando pura admiración hacia la niña rica y perfecta de buen corazón.
Al escuchar la puerta cerrarse, la sonrisa desapareció del rostro de Ximena.
Volvió a sentarse, tomó un bocado de su pastel y murmuró entre dientes:
—Gorda inútil.
Al salir del café, Leticia se detuvo frente a un enorme ventanal y observó su reflejo.
Con su figura pasada de peso y ese aspecto deprimente, cualquiera pensaría que la vida la había tratado a patadas.
No era de extrañar que Ximena hubiera querido darle caridad.
Leticia le sonrió con amargura a su propio reflejo, detuvo un taxi y se dirigió a Tecnologías López.
Miguel ya había avisado en recepción, así que con solo dar su nombre, la condujeron hasta la oficina del director.
Miguel estaba sentado tras su escritorio y se puso de pie para recibirla.
—Toma asiento.
La llevó a una pequeña sala de juntas, se sentó frente a ella y le sirvió una infusión.
Llevaba un traje azul oscuro que resaltaba su altura y su presencia madura y elegante.


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