LILIANA CASTILLO
Y Matthew tenía razón. Un día lo encontré plácidamente viendo las noticias con el pequeño Mateo jugando a sus pies con sus juguetes. Entre las noticias internacionales hablaban de la bancarrota de la empresa que pertenecía a su familia.
Al parecer un virus había entrado a su sistema de por sí ya endeble, y había logrado sacar el dinero que tenían tanto de ganancias como de inversionistas. Contrataron a los mejores programadores para encontrar donde estaba el problema, pero nadie lograba nada, siempre que abrían una computadora, los direccionaba a una página para adultos, llenando cada oficina con gemidos.
De esa manera la empresa quebró, no pudieron encontrar el dinero robado, pero yo supuse donde estaba.
—¿No te sientes culpable? —pregunté recargándome en el respaldo del sillón, mientras veía el rostro apacible de Matt.
—No, ese dinero servirá para conseguir algo más grande y dejar de molestar a tu padre, además, también podremos solventar el gasto del hospital tanto para Julia como para Alex… —Entonces se detuvo y de la misma manera que Santiago me había visto esa vez, él también entornó los ojos con desconfianza—, y tal vez para ti, si es que tú también lo estás.
—¡No lo estoy! —exclamé retrocediendo como si sus palabras fueran golpes.
Indignada, di media vuelta, dejando atrás sus sospechas y las caras retorcidas de tristeza y desesperación de sus padres que suplicaban a través de la televisión. Ahora no tenían nada, mientras que nosotros siempre tuvimos todo desde que nos encontramos.
El tiempo pasó rápido. Mateo aprendió a sortear todo el circuito con ayuda de Javier, quien lo instruía con paciencia. De pronto la idea de tener un bebé parecía muy tentadora. Verlo jugando con el niño hacía que mi útero me exigiera que tuviéramos uno propio, aunque Javier había aprendido a temer a la idea durante esos meses, pues entre más avanzaba el embarazo de Julia y Alex, él veía como Santiago y Matt tenían que complacer antojos nocturnos, vómitos, momento de excesiva sensibilidad o furia.
—No creo que sea momento… —susurró un día mientras veía llegar a Santiago cargando bolsas de helado y golosinas que se acabaron en segundos.
—Llegará cuando tenga que llegar —contesté divertida, dándole un beso en la mejilla.
Mientras todos estaban emocionados con los bebés que venían en camino y la calma que nos rodeaba, yo no podía dejar de sentir que algo no estaba del todo bien, había quedado un cabo suelto y tenía miedo de que se convirtiera en una bomba cuando menos lo esperábamos.
No estaba dispuesta a bajar la guardia hasta encontrar a Carmen.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: 30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada!