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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 206

LILIANA CASTILLO

El amanecer nos encontró cansados, pero satisfechos. Los militares recogían los cuerpos del piso y apagaban el fuego. Poco a poco el caos estaba cediendo. Volteé hacia Matt y Julia, estaban abrazados, en medio de ellos Mateo, que parecía no poder respirar por la fuerza con la que lo estrujaban, pero estaba feliz.

Entonces una gotita cayó del cielo, justo en mi mejilla. Cuando levanté la mirada noté la enorme nube negra que nos cubría y la lluvia cayó, cálida, suave, sin relámpagos, solo limpiando todo el desastre. Cerré los ojos y me quedé ahí, en medio del jardín, queriendo que el agua limpiara la sangre que manchaba mi piel, la culpa por todo lo que hice, porque cada muerte venía acompañada de remordimiento y la sensación de que me perdía a mí misma, poco a poco.

Mi padre tenía razón, esta no era la vida que yo quería, de soldado. Agradecía lo que había hecho, agradecía el entrenamiento y todas las enseñanzas, pero era difícil cargar con las consecuencias. De pronto el agua dejó de tocar mi rostro, abrí los ojos queriendo descubrir el porqué y me encontré con los ojos de Javier, quien se había plantado frente a mí, cubriéndome con su cuerpo, era lo suficientemente alto para hacerme sombra y evitar que siguiera mojándome.

Sus cabellos escurrían y su mirada era serena. Le sonreí y alcé mis manos hacia su rostro, acariciándolo, sintiendo su calor. Besó el interior de mi muñeca mientras disfrutaba de mi tacto.

Terminé de recortar la distancia entre los dos. Apoyé mi mejilla en su pecho mientras él me envolvía en sus brazos. Entonces vi a Santiago y a Alex, ambos bailando lentamente bajo la lluvia, mientras él le cantaba al oído y ella sonreía.

Supe que tanto Alondra como Manuel estarían orgullosos de verlo ser feliz, de que encontrara a la indicada y que su camino fuera diferente al suyo.

Mi padre también los veía con atención, de seguro recordando a sus viejos amigos, sintiendo que por fin estaba en paz, que había conseguido vengarse y hacer que la balanza volviera a estar equilibrada.

—Es hora de buscar nuestro hogar —susurró Javier en mi oído y sonreí.

—Tú eres mi hogar —contesté sin dudar, frotando mi mejilla en su pecho. Cuando alcé mi atención hacia él me encontré con la sonrisa más hermosa que había visto en mi vida, la cual capturé con un beso profundo.

Salimos de esa mansión todos juntos. Nos quedamos por unos minutos bajo la lluvia, en la calle vacía, con el tenue aroma de humo mezclado con tierra mojada. No teníamos un hogar. No teníamos ninguna organización. No había dinero, autos ni lujos. Solo una familia disfuncional que había sobrevivido junta.

—Bien, supongo que tendremos que vivir por un largo rato debajo de un puente, mientras… encontramos algo mejor —susurró Santiago sacando el pecho y con las manos en la cintura.

—¿Algo mejor? ¿Te refieres a unas cartas de cartón? —preguntó Matt dándole una palmada en la espalda.

Reímos todos juntos antes de comenzar a andar, tomados de las manos, sin un rumbo fijo hasta que escuché a mi padre detrás de mí.

—¡Ratoncita! —exclamó haciendo que volteara, entonces lanzó sus llaves las cuales atrapé en el aire dando un pequeño salto—. Llévalos a casa. No es tan grande como la mansión, pero cabrán si saben cómo organizarse.

Sonreí conmovida por la gentileza tan enorme de mi padre antes de correr hacia él y abrazarlo con fuerza. Era mi roca y mi ancla. Me besó la frente y sacudió mi cabello mojado con sus manos gruesas y toscas.

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