LILIANA CASTILLO
Sentada en el pórtico, sobre una vieja mecedora, terminé de tejer un lindo suetercito, pequeño, color marrón, con una abejita bordada. Lo abracé con ternura antes de levantarme con dificultad.
Con una mano apoyada en la espalda y caminando como pingüino, entré a la cocina y me planté frente al calendario. Mi dedo se movió por los días, hasta el que estaba rodeado con marcador rojo.
Suspiré agotada mientras frotaba mi mano sobre mi abdomen abultado. Habían pasado ya dos años. Dos años desde que luchamos en esa mansión. Dos años desde que la pequeña Anna y Alondra habían nacido. Ahora eran unas niñas encantadoras. Una de ojos tan azules como los de su padre y la otra, como bien había querido Santiago, la fiel copia de su madre.
Ya habían pasado dos años desde que habíamos decidido mudarnos de casa de mi padre y aún recibía sus mensajes que preguntaban si volvería a vivir con todos. Había aceptado que tanto Matt como Santiago invirtieran construyendo en su terreno, reparando la casa y agrandándola. Al parecer el viejo dicho de: no construyas en casa de tu suegro, lo habían ignorado. Mejor para mi papá.
Tal vez era momento de volver. Aunque la casa ya tenía recuerdos que atesoraría, extrañaba mucho a mi familia disfuncional.
Entonces escuché la puerta de la entrada sacándome de mis pensamientos.
—¿Javier? —pregunté emocionada, viendo el suéter frente a mis ojos—. ¡Qué bueno que ya regresaste! ¡Mira! ¡Por fin lo terminé!
En cuanto bajé la prenda, vi en el recibidor a Carmen, con su mirada fija en mí, parecía que en ese par de años había envejecido décadas, además de que la vida no la había tratado muy bien. Entonces bajó su atención hacia mi vientre y entornó la mirada.
—Me quitaste todo… —susurró con rencor y acercándose lentamente hacia mí—. Me quitaste a Rafael, me quitaste a Javier, ¡me quitaste mi vida!
—Decidiste regresar y no solo eso, buscarnos… ¿para qué? Ya no te queda nada aquí —dije con firmeza y retrocedí lentamente, aunque no podía llegar muy lejos con tremenda panza. Cuando estaba tratando de buscar con la mirada algo con lo cual defenderme, ella sacó de su bolso un cuchillo bastante largo y afilado, dejando en claro sus intenciones.
—¡Te regresaré el favor que me hiciste al quitarme todo! —gritó furiosa y se lanzó contra mí.
Di media vuelta y traté de correr, pero estaba en seria desventaja. La mano de Carmen me tomó por el cabello y me arrojó al piso. Antes de caer envolví mi vientre, protegiéndolo, mientras todo el golpe me lo llevaba en el brazo. Solté un quejido de dolor y traté de arrastrarme para alcanzar uno de los cajones de la encimera.
—Te vigilé… te vi apartarte de tus amigos. ¿Pensaste que era buena idea estando embarazada? Ahora morirás sola —soltó con burla mientras me seguía de cerca. Cuando abrí el cajón, ella lo pateó y casi logra aplastar mis dedos—. ¿Recuerdas cómo dejaste a mi pobre Rafael? ¿Cómo le abriste el vientre y lo asfixiaste?

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