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30 Días Antes del Divorcio: ¡Estoy Embarazada! romance Capítulo 211

LILIANA CASTILLO

Pasamos cada punto de seguridad con calma, dejando identificaciones y siendo recibidos con calidez por los de seguridad y el doctor que había aceptado guiarnos por los pasillos.

—Se ha portado bien, es una buena paciente —dijo el médico dejando que su bata blanca se ondeara con su paso presuroso—. A veces le cuesta tomar sus pastillas, y luego muerde a los enfermeros, pero no es nada que no se corrija con una inyección.

Fruncí el ceño ante su explicación y conforme avanzábamos me sentía cada vez más vulnerable, viendo a través de las ventanas a los enfermos mentales con sus comportamientos erráticos.

—No tiene nada de qué preocuparse, señora Castañeda —dijo el doctor al verme nerviosa—. Aquí están los pacientes que no son peligrosos. No hay nada que temer.

Entonces abrió la puerta que daba hacia el pabellón y me aferré con ambas manos a Javier.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, aunque en el fondo ya lo suponía.

—Ella dijo que te metería a un lugar así, que te rompería las piernas cada ciertos meses mientras te mantenía encerrada —susurró Javier mientras acariciaba mi rostro y yo tragaba saliva con la garganta seca—. Ella amenazó con quitarme a la mujer que amo, a la que me regresa la cordura y saca lo mejor de mí. La única con la que puedo ser yo. La única con la que me siento libre y ligero. Como si todos los problemas desaparecieran cuando te veo a los ojos.

»Ella estuvo a punto de causarme el dolor más grande y profundo que jamás en la vida hubiera sentido. Matarla no era una opción —agregó apretando los dientes, tal vez temiendo que lo que hizo me fuera a horrorizar. Entonces levantó la mirada, clavándola en un punto fijo hacia el que volteé.

Ahí estaba, frente a la ventana, en una silla de ruedas. Por curiosidad entré, perdiéndole el miedo al resto de los pacientes. Caminamos juntos, tomados de la mano, hasta que por fin me senté en una silla al lado. En cuanto sintió nuestra presencia ella volteó, con la mirada perdida, pero enrojecida. Bajé mi atención hacia sus piernas, lucían amoratadas por el borde de sus yesos. Ambas estaban rotas e hinchadas.

—Cada vez que sus huesos cicatricen, serán fracturados nuevamente —susurró Javier detrás de mí—, el medicamento que le dan, solo sirve para mantenerla débil, sin poder moverse, sin poder gritar, mientras que el dolor palpita en su cuerpo. Quiero que sienta cada martillazo, que sienta cada punzada, pero que sea incapaz de externarlo.

»No morirá, pero cada día, cada mes, cada año, pensará en todo lo que hizo. Tendrá tiempo para lidiar con su dolor y con su pasado, encerrada aquí, hasta que muera de vieja o de soledad, lo primero que pase —sentenció Javier con odio en la voz.

Tenía razón, Carmen estaba inmóvil, con la mandíbula colgando y un hilo de baba cayendo de su boca, pero sus ojos, sus ojos delataban que estaba agonizando, enrojecidos y brillosos por las lágrimas que se estaban formando. No estaba atrapada en ese psiquiátrico, sino en su propio cuerpo.

—Como dije, morir era demasiado fácil, demasiado piadoso para ella —agregó Javier frunciendo la boca con desprecio, mientras yo me inclinaba hacia delante, viéndola directo a los ojos.

—Consecuencias —susurré sintiendo lástima por ella—. ¿Te das cuenta de todo lo que desataste por envidiar a tu hermana? Si tan solo te hubieras mantenido al margen. Si hubieras hecho tu vida y buscado tu felicidad lejos de ella, de seguro en estos momentos te estaría invitando a la fiesta de Hugo, tu nieto, y él estaría aprendiendo a llamarte abuela.

»Si tan solo tu ambición no te hubiera cegado. —Saqué mi celular y le enseñé la foto de Hugo, esa que tenía de fondo de pantalla donde sonreía de la manera más hermosa posible. Carmen cerró los ojos dejando caer las lágrimas que colgaban de sus pestañas.

Me levanté del asiento y con una mirada Javier entendió que quería volver a casa y alejarme de ahí. Posiblemente nunca volveríamos, pero sabía que él se encargaría de que Carmen siguiera pagando el resto de su vida en ese lugar.

***

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