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30 días para morir: El CEO llorará ante mi tumba vacía romance Capítulo 12

Gabriel resopló con frialdad.

—Porque pasado mañana es la fiesta de cumpleaños de la abuela. Te aprovechaste de ella tantos años, ¿no crees que le debes algo?

La respiración de Leonor se detuvo por un segundo.

Doña Esperanza Castillo era la única persona en esa familia que alguna vez le había brindado calor.

Leonor había crecido junto a su propia abuela, y cuando esta falleció, el dolor casi la destruye. Al conocer a Doña Esperanza, sintió que ambas se parecían muchísimo, por lo que siempre se esmeró en cuidarla.

Doña Esperanza también le había tomado un cariño inmenso, y fue ella quien movió cielo y tierra para lograr su matrimonio con Gabriel.

Pero, a los ojos de Gabriel, todo el afecto que Leonor le daba a la anciana no era más que pura manipulación y conveniencia.

Leonor sintió como si le hubieran dado un golpe seco en el pecho. Abrió la boca para hablar, sintiendo los ojos pesados por las lágrimas contenidas.

Caterina aprovechó el silencio para intervenir con su tono envenenado:

—Leonor, aquí la que está actuando mal eres tú. Doña Esperanza ya está mayor y te adora. Si no vas en un momento tan importante, la pobre señora sufrirá muchísimo.

Suspiró, fingiendo ser la voz de la razón.

—Aunque sería muy incómodo que vivas con nosotros, no me importa hacer el sacrificio por la abuela. Si tanto quieres quedarte en este hotel, al menos ve el fin de semana a la casa.

—Yo...

Leonor apenas iba a responder, cuando Caterina fingió sorpresa y la interrumpió.

—¿Te parece poco tiempo? Bueno, si dos días no son suficientes, que sean tres. Al fin y al cabo, tu divorcio con Gabriel no se ha finalizado, y que andes por ahí metiéndote en hoteles con otros hombres no habla bien de ti.

Al escuchar eso, el rostro de Gabriel se ensombreció aún más.

—Leonor, te lo diré por última vez.

—¡Pasado mañana tienes que ir a la fiesta, y también debes volver a la casa de los Castillo!

Sus palabras no dejaban espacio para réplicas. Tras soltar la orden, dio media vuelta y salió de la habitación a zancadas.

Una vez que ambos se fueron, Leonor se apoyó contra la puerta y cerró los ojos.

Esa familiar sensación de quemazón le subió por el pecho. Se apretó el esternón con fuerza, soportando el dolor por un largo rato hasta que logró calmarse.

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