—¿Diez millones? —repitió Leonor, saboreando el absurdo de la cifra.
—¡Sí, diez millones! —respondió Tiago con descaro.
—Casi matas a papá con esa caída. Entre los gastos médicos y los daños morales, diez millones te sale barato.
Julia, desde el suelo, lo secundó: —Leonor, tu padre ya está mayor. Una caída como esta es grave. Si se llega a lastimar la columna, ¿quién va a mantener a esta familia?
—Si tu marido te llega a maltratar algún día, ¿quién crees que va a ir a dar la cara por ti? Tu padre. Así que no te quejes, páganos.
Leonor casi soltó una carcajada.
Esta gente no tenía límites a la hora de inventar excusas.
—Entonces, si no les doy esos diez millones, ¿no me van a dejar ir?
—¿Tú qué crees? —espetó Victoriano, de mal humor.
Leonor asintió y sacó su celular de la cartera.
—Perfecto. Voy a llamar a la policía.
Victoriano se quedó helado: —¿Para qué vas a llamar a la policía?
—Extorsión por diez millones de pesos —dijo Leonor, marcando el número de emergencias frente a ellos—. Dejemos que las autoridades lo arreglen.
Julia entró en pánico y estiró la mano para arrebatarle el teléfono: —¡Estás loca! ¡Somos tus padres!
Leonor la esquivó, pero no vio venir a Tiago.
El chico se le echó encima, le arrebató el aparato con brusquedad, lo apagó y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
—A ver, si quieres llamar a la policía, ven a quitármelo si puedes.
El cuerpo de Leonor estaba demasiado débil. Aunque era mayor que él, la diferencia de fuerza era insalvable. Sabía que no lograría recuperarlo.
En ese instante, un ruido violento estalló en la entrada de la casa.
Un grupo de matones fornidos, armados con bates y tubos, irrumpió en la sala, destrozando y golpeando todos los muebles a su paso.
—Victoriano, ¡ya es hora de que pagues esos ciento cuarenta millones!
¿Ciento cuarenta millones?
La cifra resonó en la cabeza de Leonor como un latigazo.
Victoriano nunca tuvo la intención de decirle la verdad. Los cinco millones eran solo el cebo para hacerla venir; el verdadero hoyo era de ciento cuarenta millones.
El líder era un hombre corpulento de cabello rapado, conocido como Dante, que llevaba una gruesa cadena de oro al cuello. Detrás de él venían cinco hombres inmensos que empezaron a voltear todo en la casa.
La tetera de la mesa de centro voló por los aires y se hizo añicos contra el suelo.
Julia pegó un grito estridente y se hizo un ovillo en un rincón.
A Tiago se le borró la sonrisa burlona de inmediato; las piernas le temblaban como gelatina.
Pero la reacción más patética fue la de Victoriano.

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