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30 días para morir: El CEO llorará ante mi tumba vacía romance Capítulo 16

Dante giró la cabeza hacia uno de sus hombres. El matón revisó su celular rápidamente, asintió y le susurró algo al oído.

Dante volvió su atención hacia Leonor, barriéndola con la mirada de arriba a abajo.

Ese escrutinio hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.

—¿La esposa de Gabriel Castillo?

Leonor apenas iba a abrir la boca para decir que ya se estaba divorciando, cuando Julia se le adelantó a los gritos: —¡Sí, sí! ¡Mi hija es la mismísima señora de la casa Castillo!

—¿Y por qué habría de creerles? —preguntó el hombre de cabello rapado.

Tiago no lo dudó un segundo: —Es muy fácil. Si no pagamos para la fecha límite, vayan directamente al Corporativo Castillo a cobrarle a él.

Al ver la oportunidad, el rostro de Victoriano cambió y añadió con una sonrisa zalamera:

—Usted conoce bien los activos de la familia Castillo. Solo en fondos líquidos manejan miles de millones. Ciento cuarenta millones no es más que una propina para ellos.

Dante no aceptó de inmediato. Se quedó en silencio por casi medio minuto antes de hablar.

—Está bien. Les doy diez días.

Dio unos pasos hasta quedar frente a Leonor, mirándola desde arriba con superioridad.

—En diez días quiero ver ese dinero. Si me están viendo la cara de idiota, ¡te arrastro conmigo y se te entrego al jefe!

Sin decir más, se dio la vuelta y se largó con sus matones.

El portazo hizo temblar la casa, dejando tras de sí un silencio sepulcral y una sala en ruinas.

Victoriano se dejó caer en el sofá; las piernas todavía le temblaban.

Ninguno de los tres se molestó en preguntarle a Leonor cómo estaba.

Ella permaneció de pie en medio de los cristales rotos. A pesar de que la calefacción estaba encendida, el frío le calaba hasta los huesos, dejándole las yemas de los dedos moradas.

Con voz gélida, rompió el silencio: —Sus deudas... no les daré ni un solo centavo para pagarlas.

—¿Que no vas a pagar? —bramó Victoriano con una risa amarga—. ¡Atrévete a no pagar y verás cómo voy a hacerle un escándalo a la casa de los Castillo!

—¿No dices que quieres mucho a esa vieja decrépita? Escuché que pronto será su cumpleaños, ¿no es así?

Al oír eso, Leonor apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió que los dientes se le iban a romper. Sus manos se cerraron en puños a los costados.

Sabiendo que había tocado su punto débil, Victoriano sonrió con triunfo: —Así que más te vale volver tranquilita a esa mansión y conseguir el dinero en estos diez días.

—Es lo mejor para todos, ¿no crees?

Como ella no respondió, él le hizo una seña a Tiago. —Tu hermano te llevará de regreso. Y escúchame bien: si te atreves a mencionar el divorcio otra vez, ¡te juro que ese mismo día hundo a los Castillo en el lodo!

—Y si a esa vieja le da un infarto por el coraje, no será culpa mía.

Un pesado silencio inundó la sala. Al final, ella soltó un suspiro de derrota en su mente.

Tragándose la humillación, y bajo la atenta vigilancia de Tiago, subió al auto de regreso a la mansión de los Castillo.

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