Al llegar al hospital, en cuanto Sabrina vio a Florencia, se le llenaron los ojos de lágrimas y rompió en llanto, sintiéndose completamente abatida.
No fue sino hasta que se calmó un poco, y tras la insistencia de Florencia, que se animó a contarle lo sucedido con las medicinas. Eso sí, se saltó la parte en la que describía cómo empezó a sentirse mal por los efectos del medicamento.
Mientras más escuchaba, más se le arrugaba la frente a Florencia.
Cuando Sabrina mencionó que Macarena había conseguido el antídoto gracias a un amigo suyo, Florencia la interrumpió de inmediato.
—¿Ese amigo de Macarena es hombre o mujer?
—Hombre —respondió Sabrina, limpiándose las lágrimas.
Florencia se quedó pensativa, con el entrecejo fruncido.
—A ver, ¿tú te enfermaste justo cuando él tenía el medicamento listo? ¿No te parece demasiada coincidencia?
La pregunta de Florencia fue como un balde de agua fría para Sabrina. Hasta ese momento había seguido la versión de Macarena sin cuestionarla en lo más mínimo. Jamás se le había ocurrido sospechar de ella.
Pero ahora, al repasar todo con calma, lo que más le llamaba la atención era justo eso: que después de que enfermara, Macarena tuvo el remedio a la mano en cuestión de minutos. Era tan rápido que no tenía explicación lógica, salvo que alguien lo hubiera planeado de antemano.
¿Sería que Macarena había aprovechado el accidente de esa noche para vengarse?
Nada más de pensarlo, a Sabrina le hervía la sangre. Se mordió los labios de coraje.
Y pensar que hace un rato todavía la había llamado cuñada...
Entre más lo pensaba, más rabia sentía. Decidió contarle su sospecha a Florencia de inmediato.
—Mamá, estoy casi segura de que fue ella. Todo encaja.
Florencia también había llegado a la misma conclusión, pero no podía afirmarlo. Sin pruebas concretas, no había forma de acusar abiertamente a Macarena ni de tomar represalias.
Le preguntó a Sabrina si tenía idea de cuándo pudo haberle puesto el medicamento.
Sabrina se quedó callada, sin saber qué responder. No tenía la menor idea de cómo ni en qué momento Macarena había actuado.
De vez en cuando, Piero se asomaba por el laboratorio y observaba a Macarena coordinar a los demás. No pudo evitar soltar una carcajada irónica.
—Sí que sabe fingir —pensó—. Me gustaría ver cómo piensa salir de esto cuando pase el mes.
Miró el reloj: ya habían pasado veinte días desde que Macarena había prometido terminar el nuevo producto en un mes.
En esos días, Piero la había visto encerrarse a diario en el laboratorio. Pero, según su experiencia, los proyectos científicos no podían llevarse a cabo en solitario. Era necesario el trabajo en equipo.
—Si hasta ahora se le ocurre pedir ayuda, ya es tarde —rumió Piero, soltando una risita burlona antes de regresar a su oficina.
Apenas había entrado cuando se topó con el jefe del departamento de recursos humanos. Últimamente, el equipo de tecnología no daba abasto y estaban contratando asistentes. Al enterarse de que el jefe venía a entregarle los currículos de los aspirantes para el puesto de asistente de Macarena, Piero extendió la mano sin dudar.
—Dámelos. De ahora en adelante, ya no hace falta que pases los candidatos por ella.
En temas técnicos, él prefería elegir personalmente. No confiaba ni en el criterio ni en las habilidades de Macarena.
El jefe de recursos humanos vaciló al escuchar a Piero. Sabía que esa decisión podía causar problemas.

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