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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 332

Eduardo no tardó nada en enviarle el expediente médico al celular de Fermín.

Fermín lo abrió y comenzó a revisar cada detalle, deslizándose de arriba hacia abajo en la pantalla.

Al principio, solo sentía curiosidad: ¿cuándo había quedado embarazada Macarena?, ¿cómo se había hecho los exámenes? ¿Y cómo había logrado ocultárselo? Sin embargo, al ver decenas de registros médicos, su mente se detuvo en seco.

En cinco años, Macarena había ido al hospital más de diez veces.

Los motivos iban desde gastritis, dolores menstruales, fracturas...

Y las dos anotaciones más recientes eran sus controles prenatales y los registros de aborto y de la atención tras el accidente de carro.

Fermín se quedó con una mezcla de sensaciones.

Desde que descubrió que Macarena había buscado a alguien para fastidiar a Abril, él la había estado dejando de lado, a propósito.

Aun así, durante todos esos años, Macarena nunca perdió oportunidad para acercarse a él, usando todo tipo de trucos y artimañas.

Que si fingía cortarse la mano mientras cocinaba, que si se caía “por accidente” y terminaba en sus brazos... Ese tipo de tretas las había usado mil veces.

Pero si en verdad había estado en el hospital tantas veces, ¿por qué él nunca se enteró? ¿Por qué jamás le contó nada?

...

Mientras tanto, en otra parte del hotel, Benicio seguía sin recibir la paga prometida.

Apenas habían cruzado la entrada, Macarena sintió ese dolor familiar, punzante y sordo en el bajo vientre.

Corrió al baño, y confirmó lo que sospechaba: le había bajado el periodo.

Desde el accidente de carro, su salud no había vuelto a ser la misma, y su ciclo menstrual se había descontrolado; esta vez se le adelantó casi una semana, algo que ni ella misma esperaba.

Macarena sentía que el dolor la dejaba al borde del desmayo.

Agarrándose del marco de la puerta, salió tambaleando y le explicó la situación a Benicio.

Apenas unos segundos antes, Benicio tenía una sonrisa en la cara, pero al escucharla, su expresión cambió.

—¿Tan de repente? —aventó, con el ceño fruncido.

Macarena no tenía ni fuerzas para contestar.

Asintió apenas con la cabeza.

Pero, al hacerlo, una duda le cruzó la mente.

¿Qué quería decir Benicio con eso?

Desde joven había tenido esos dolores. Por no cuidarse, y luego del matrimonio tampoco se dio tiempo de recuperarse. Así, cada mes, el dolor la tumbaba aunque fuera un rato.

En las peores crisis incluso terminó en el hospital.

Para colmo, era alérgica a los analgésicos, así que debía tener muchísimo cuidado con lo que tomaba.

Siempre intentaba aguantar lo más posible y solo recurría a las pastillas cuando el dolor se volvía insoportable.

Pero sus medicamentos estaban en casa.

Como la mayoría de la gente no distingue entre los diferentes analgésicos, tampoco se atrevía a pedirle a la recepción que le comprara algo más fuerte.

Pensándolo bien, decidió mandarle un mensaje a Benicio, avisando que prefería regresar a casa, pero justo en ese momento, el dolor la tumbó por completo.

Ni siquiera alcanzó la puerta cuando sintió un calambre tan fuerte que no pudo enderezarse.

—¿Y tú a dónde piensas ir? —se escuchó una voz masculina, algo sorprendida, desde la entrada del cuarto.

Macarena alzó la cabeza y se encontró con Benicio.

—¿Por qué volviste? —preguntó, con un hilo de voz.

Benicio notó que estaba pálida como una hoja y que el sudor le caía en gotas por la cara. Supo, por cómo lo miraba, exactamente en qué estaba pensando.

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