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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 345

Así son las cosas.

Macarena también lo comprendía: ahora no era momento de resentimientos personales, sino de buscar la manera de salir de ahí.

Aun así, la espina seguía clavada en su pecho.

No aceptó la conciliación, y en cambio, replicó:

—Señorita Cordero, la que murió no fue tu hija. Hablas como si nada. Pero dime, si hubiera sido yo quien, por un arranque de celos, provocara la muerte de tu bebé, ¿podrías perdonarlo tan fácil?

Abril desvió la mirada, incómoda ante la pregunta.

—Eso fue un accidente.

Macarena soltó una risa sarcástica.

—¿Accidente? Eso lo sabes tú y tu conciencia. Hace un rato intentaste que alguien arruinara mi vida, ¿no era para que todo esto quedara enterrado?

Al oírla, Abril dejó de fingir.

—Deberías entenderlo: Fermín nunca te quiso. Aunque el bebé hubiera nacido, solo habría sido el inicio de tu desgracia.

—Fermín siempre ha estado conmigo, eso lo sabes. Tú pensaste que un hijo lo mantendría a tu lado, pero aunque quisiera al niño, eso solo demostraría que él puede amar a un hijo… pero jamás a ti.

—Yo tomé la decisión por ti. Si hubieras tenido ese bebé, solo ibas a sufrir más, te habrías atado a un amor que ya estaba roto.

Abril soltó el aire, como si se quitara un peso de encima.

—Ahora, sin el niño, puedes estar con Benicio sin que te persiga el pasado.

—Macarena, mientras sigas atada al dolor por tu hijo, solo vas a seguir hundiéndote. Deberías mirar hacia adelante, vivir para el mañana, no dejar que el odio y esa tragedia te marquen toda la vida.

Macarena no pudo evitar soltar una carcajada, esa típica risa que sale cuando algo te indigna más de lo que puedes soportar.

Fermín le había dicho exactamente lo mismo en su momento.

Que debía seguir adelante.

Que olvidara el odio hacia quienes le arrebataron a su hijo.

Para ellos, ese niño no significaba nada; por supuesto que era fácil decir “olvídalo”.

Estaba a punto de contestar, cuando un ruido al otro lado de la puerta la interrumpió.

Parecía que alguien venía.

Abril, al escucharla, pensó que al fin había entendido.

Eso le dio algo de paz, aunque no podía evitar preguntarse por qué Macarena repetía justo sus palabras.

Mientras trataba de resolverlo, la puerta del almacén se abrió de golpe.

El hombre que las había secuestrado entró empujando una silla de ruedas.

Sobre la silla iba un tipo de traje morado, con una actitud arrogante y desafiante.

Macarena bajó la mirada a sus piernas; una de las perneras estaba vacía.

—¿Señor Herrera?

Abril fue la primera en hablar.

Al escuchar el nombre, Macarena también reconoció a ese tal señor Herrera.

Uno de los amigos de la vieja pandilla de Fermín, conocidos por organizar carreras de carros en las afueras de la ciudad.

Y, de todos los que alguna vez la menospreciaron, el señor Herrera siempre había sido el más cruel.

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