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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 397

Se dieron la vuelta y vieron a un hombre de aspecto sencillo, con un sombrero de paja, que los observaba desde la distancia con una mezcla de curiosidad y recelo.

Era corpulento y fuerte, de unos veinte años, pero su piel estaba curtida y oscura por el sol y la intemperie.

Tras evaluarlo y asegurarse de que no representaba un peligro, se aferraron a él como a un salvavidas y le explicaron brevemente su situación.

—Tienen suerte de seguir vivos —dijo el hombre.

Luego, les explicó que ese bosque tenía un campo magnético particular que hacía que las brújulas no funcionaran. La gente que entraba solía perderse, incluso los equipos de expedición.

Por suerte, él vivía cerca, conocía bien el terreno y sabía cómo salir de allí.

—¿Puedes llevarnos? —preguntó Macarena con urgencia.

El hombre la miró, luego levantó la vista al cielo.

—Todavía falta un buen trecho para salir, calculo que uno o dos días de caminata.

»Por ahora, pueden pasar la noche en mi casa.

Macarena no supo si era su imaginación, pero notó que la mirada del hombre se posaba varias veces en su rostro, como si estuviera pensando en algo.

Benicio y Fermín también se dieron cuenta. A partir de ese momento, al hablar, se interpusieron entre ella y el hombre, bloqueando su vista tanto como era posible.

Ambos habían notado que él se había fijado especialmente en Macarena.

Antes, Fermín nunca había pensado que Macarena fuera especialmente guapa. Pero en esos días juntos, sus ojos se posaban cada vez más en ella, y se daba cuenta de que la imagen que tenía en su mente se alejaba cada vez más de la realidad.

Siempre había creído que era una mujer calculadora y manipuladora, pero en esos días descubrió que era inteligente y bondadosa.

A veces era juguetona, bromeaba con Benicio, y no era para nada la mujer sumisa y aburrida que él imaginaba.

Antes no entendía por qué Benicio estaba con ella.

Estaba convencido de que solo quería provocarlo.

Al lado, un cobertizo de paja del que provenía el piar de pollitos.

De la chimenea de la casa salía un hilo de humo, creando una escena tan idílica que parecía irreal.

Al parecer, el hombre realmente vivía allí.

Justo cuando Macarena pensaba esto, una figura femenina, esbelta y agraciada, salió de la casa.

La mujer vestía de forma sencilla y llevaba unas prendas dobladas en el brazo; parecía que acababa de lavarlas y se disponía a tenderlas.

Quizás al oír el ruido, la mujer miró hacia ellos.

Cuando su rostro quedó a la vista de Macarena, esta sintió como si la sangre le hirviera en las venas.

—¡¿Leita?!

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