El rostro de Fermín se ensombreció.
Se sintió profundamente molesto.
—Tú apenas conoces a Macarena Molina desde hace unos meses, mientras que nosotros estuvimos casados por cinco años —dijo, recalcando deliberadamente las palabras «casados por cinco años».
Benicio enarcó una ceja.
—Sí, y después de tanto tiempo casados, ya deberías saber muy bien lo que ella piensa ahora.
Benicio echó un vistazo a la sopa que estaba en la mesita de noche.
El semblante de Fermín se tornó aún más sombrío.
Llevaba mucho tiempo hospitalizado y Macarena no lo había visitado ni una sola vez como era debido. Y la sopa hecha por ella, que tanto anhelaba, nunca más la había probado. A pesar de sus insistencias, lo único que recibía era comida para llevar que Macarena había pedido.
Pero cuando Benicio se enfermó, Macarena veló junto a su cama toda la noche. Al despertar, le compró el desayuno y hasta le dio de comer en la boca.
Todo eso, originalmente, debería haber sido para él.
Al pensar en esto, Fermín sintió las sienes palpitarle con fuerza.
Tal como dijo Benicio, él y Macarena estuvieron casados cinco años. Había conocido la versión de Macarena que lo amaba, por lo que sentía con más claridad que nadie que ella ya no lo amaba.
En cuanto ese pensamiento surgió, Fermín sintió de nuevo una opresión en el pecho.
Sin embargo, mantuvo la calma en su rostro tanto como pudo, mientras un pensamiento se abría paso en su mente.
«Macarena no me ama. Pero tampoco ama a Benicio. Si no, ¿por qué lo habría dejado solo para irse? Cuando yo estaba enfermo en el pasado, Macarena no se separaba de mi lado. Además, no todo está perdido. Ella me prometió que, por cien millones de euros, aceptaría volver a casarse conmigo. Cien millones. Eso se consigue rápido».
Con este pensamiento, la confianza de Fermín comenzó a resurgir poco a poco.
Se puso de pie y soltó una risa fría.
—Al fin y al cabo, fuimos marido y mujer. Ella solo me odia temporalmente por algunos malentendidos. En cuanto se aclaren, volverá a mi lado.
»Mi relación con Macarena no es como la de Dante y los demás. Ella me amó de verdad. Y aunque ahora no me ame, el sentimiento de amor sigue ahí. Quizás un día cambie de opinión.
Dicho esto, Fermín pateó la silla a un lado. La pata de la silla raspó el suelo, produciendo un rechinido estridente.
Benicio estaba a punto de decir algo, pero de repente sintió un sabor metálico subir por su garganta.
Escupió una bocanada de sangre.

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