Macarena se guardó las palabras.
En primer lugar, había aceptado la propuesta de Fermín solo para ponerle las cosas difíciles y demostrarle que era imposible, no porque realmente tuviera la intención de volver con él.
Antes de que Fermín pudiera cumplir su promesa, ella misma resolvería ese asunto.
***
En la mansión Oliva.
El sol deslumbrante comenzó a ocultarse, tiñendo el atardecer de un rojo intenso.
Las personas, formadas en fila, pasaban temblando de miedo frente a Dante. Sin embargo, no se atrevían a irse; en su lugar, se agrupaban en otra formación a poca distancia.
Los guardaespaldas vigilaban la zona, impidiendo que cualquiera intentara escapar.
Al ver que la fila llegaba a su fin, el rostro de Dante se oscureció, volviéndose cada vez más amenazante.
Cuando pasó la última persona y Lea seguía sin aparecer, el ambiente alrededor de Dante se volvió glacial.
—No está —dijo Dante.
Mohamed, de pie a un lado, se apresuró a decir:
—Ya desplegamos a nuestra gente fuera de la mansión. No podría salir ni una mosca. Si la señorita Torres sigue en la propiedad, no tiene forma de escapar.
Pero si no podía salir, ¿dónde demonios se había escondido?
Ya habían registrado cada rincón de la mansión, hasta los botes de basura, y no había ni rastro de Lea.
¿Acaso Lea nunca había estado en la mansión de la familia Oliva?
¿Se habrían equivocado en sus suposiciones?
O tal vez...
—¿Qué otros lugares faltan por revisar? —preguntó Dante con voz helada.
Mohamed lo pensó un momento y dudó antes de responder:
—Falta la zona de los ancianos y la habitación de la señorita Rosalía. Pero el hecho de que busque a la señorita Torres ya los hizo enojar mucho. Si vamos ahora a la fuerza, solo los provocaremos más. Además, la señorita Rosalía regresó ayer del extranjero y se está recuperando del cambio de horario; odia que la molesten...
Antes de que terminara de hablar, Dante dejó de escucharlo.
—Pero Dante ya no es el mismo de hace cinco años. Después de lo que pasó, está mucho más alerta. Aunque logres salir de la mansión, será muy difícil que abandones Rivella —preguntó Rosalía en voz baja—. ¿Segura que no quieres que te lleve con Benicio para que él gane tiempo?
Lea negó con la cabeza.
Si iba a buscar a Benicio, Macarena terminaría involucrada. Ella había regresado justo para asegurar que Macarena estuviera a salvo; no iba a buscarla para ponerla en peligro otra vez.
Al ver su determinación, Rosalía no insistió.
—Quédense aquí por ahora, no salgan. Iré a hacer los arreglos.
Tras la salida de Rosalía, Lea observó a Nicolás, quien, de pie en un rincón y en silencio, arrancaba nervioso las hojas de un ficus que adornaba la habitación.
Parecía que tenía algo que decir, pero por alguna razón se contenía.
Desde que regresaron a la mansión Oliva, Lea había evitado reunirse mucho con él para no levantar sospechas, pero sabía que Nicolás seguramente tenía preguntas.
A Lea no le gustaba que la interrogaran, y Nicolás conocía su carácter, así que solía darle su espacio.
Tras pensarlo un segundo, Lea le dijo:
—Si quieres preguntar algo, hazlo de una vez.

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