La tristeza la inundó por completo.
Sabri no pudo callar más.
—Me dijeron que Macarena fue a ver a la abuela —soltó de golpe—.
—Ella adora a la abuela. ¿Y si le pedimos que hable con Macarena para que deje a Abril en paz?
[...]
Afuera, en los jardines de la mansión, Fermín caminaba con paso firme. Ernesto iba pisándole los talones.
—¿Dónde está Eduardo Reyes? —preguntó Fermín mientras se arremangaba la camisa hasta los codos.
Ernesto señaló hacia un cobertizo a lo lejos.
—Lo tenemos custodiado por varios hombres allá.
Fermín avanzó hacia el lugar.
Viendo su actitud, Ernesto guardó unos segundos de silencio por el pobre Eduardo.
Su hora le había llegado.
En efecto, pocos minutos después, unos chillidos agónicos, como de un cerdo en el matadero, resonaron desde el interior del cobertizo.
Los lamentos se extendieron por un buen rato. Cuando por fin Fermín salió, Eduardo iba detrás de él arrastrando los pies, con la cara hinchada de golpes y escupiendo sangre.
—Avisa a la familia Reyes que Eduardo ha tenido una epifanía. Ya no quiere desperdiciar su juventud en un cómodo hospital —ordenó Fermín con frialdad letal—. Ahora desea compartir sus conocimientos y salvar vidas. A partir de mañana, se va como médico voluntario a África.
Su voz no admitía réplicas.
El flamante "voluntario" sollozó sin lágrimas.
—Fermín, ¿no se te está pasando la mano?
¿Todo esto solo porque solía provocar a Macarena y decirle cosas crueles?
¿Solo por enviarle un par de fotos provocadoras para lastimarla?
¿Solo por falsificar los certificados médicos del embarazo de Abril?
¿Solo por ayudar a inculpar a Macarena?
[...]
Mientras repasaba sus pecados, Eduardo sentía que la culpa se lo tragaba.
Pero, maldita sea, ¡él solo intentaba ayudar al amor entre Fermín y Abril!

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