Gabriel sentía que ese día realmente había visto cosas que no creería.
Sebastián acababa de dejarlo frente a una verdad que no esperaba en absoluto.
Sin embargo, ahora todo tenía sentido; esos movimientos raros que había hecho empezaban a encajar.
El porqué había comprado un yate para hacer una fiesta.
El porqué había invitado a Adriano, un pariente con el que apenas y tenía contacto.
Y la razón por la que, justo cuando Adriano llegó, Sebastián bajó para saludar y luego regresó de inmediato a atender sus asuntos.
Resultaba que todo lo había hecho por Elena.
Había hecho mucho más de lo razonable solo para poder verla.
Conocía a muchos niños ricos que gastaban fortunas con tal de sacarle una sonrisa a una mujer.
¿Pero quién podía superar la exageración de Sebastián?
Comprar un superyate descomunal solo para darse ese gusto.
Y para colmo, Elena resultó ser una mujer casada.
¿A Sebastián le sobraba demasiado poder o solo era un completo ingenuo?
Aun así, lo que Diego acababa de soltar lo dejó todavía más atónito.
Diego sentía que el cuerpo entero se le desarmaba del dolor.
Peor aún, lo habían interrumpido en el peor momento, lo habían estampado contra la pared y el susto terminó por dejarlo hecho un desastre.
Ahora hasta temía que el susto le hubiera causado algún daño permanente.
Y para echarle sal a la herida, Gabriel le dijo:
—Deja de preocuparte por tonterías y mejor empieza a pensar cómo vas a salir de esta después de haber puesto las manos sobre una mujer que Sebastián considera intocable.
Diego se quedó pálido.
—¿Que no era la esposa de Adriano? ¿De dónde sacas que es la mujer de Sebastián?
Gabriel tampoco entendía qué pasaba por la mente de Sebastián. Después de todo, Elena era una mujer casada, y si los rumores llegaban a vincularlos, el escándalo sería enorme.
—Que esté casada o no da igual; para Sebastián es alguien intocable, ¿entiendes? —le soltó—. Deja de pensar en lo demás y mejor busca cómo salir entero de esta.
Diego se sintió ofendido.
—¡Gabriel, tú sabes cómo soy! Además, ¡fue el mismísimo Adriano quien me la entregó!
—¿Y ella estaba de acuerdo? Si alguien te denuncia, pueden hundirte por intento de violación.
Diego no le tenía miedo a nada, excepto a que Sebastián se la agarrara contra él.

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