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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 1027

Al ver la expresión temerosa y cautelosa de sus suegros, Amaya sintió una mezcla de conmoción y ternura.

Nuevamente, no pudo evitar hacer una comparación directa con su pasado.

En la familia Muñoz, desde el primer día en que se casó con Diego Muñoz, Josefa y Rubén la presionaban constantemente para que quedara embarazada.

Cuando finalmente lo logró, tuvo que soportar la enorme presión silenciosa de Josefa durante todo el embarazo.

Josefa le había dicho en su cara más de una vez que en su familia no servía de nada tener niñas, y que solo aseguraría su lugar si lograba dar a luz a un varón.

Incluso, cuando tenía tres meses de embarazo, le exigió que se hiciera una ecografía para saber el sexo del bebé.

Amaya se negó rotundamente. Durante todo ese tiempo, además de lidiar con el estrés del trabajo, soportó las exigencias de la familia Muñoz... Recordaba tener los nervios de punta constantemente, al borde de un colapso.

Y cuando por fin dio a luz a Reni, nunca olvidaría la mirada de desprecio y frialdad de Josefa mientras la sacaban casi muerta de la sala de partos.

Cuando la enfermera acercó a Reni y, en tono amable, le pidió a la abuela que la cargara, Josefa retrocedió como si estuviera viendo una plaga, poniendo como excusa que tenía las uñas demasiado largas.

Amaya yacía débil en la cama, sangrando físicamente mientras su corazón se hacía pedazos.

Lo que hizo la familia Muñoz la llevó a pensar que todos los suegros del mundo eran igual de crueles y despiadados.

Pero ahora, al ver a esos padres frente a ella, tratándola con tanto cuidado y ofreciéndole sus corazones abiertos, comprendió que no todos los suegros eran tan terribles.

Amaya asintió y respondió con firmeza:

—Papá, mamá, Romeo y yo ya lo hemos decidido.

—Nos daremos prisa y, en cuanto tengamos noticias, serán los primeros en saberlo.

El tono sereno de Amaya les dio a Ximena y Ricardo una inmensa tranquilidad.

Ambos se tomaron de las manos por instinto, intercambiando una mirada llena de una alegría incontenible.

Ximena asintió rápidamente:

—¡Perfecto! Pero que las cosas fluyan, no se presionen demasiado.

Luego, le dio una fuerte palmada a Romeo en el hombro:

—Y tú, jovencito, ya que tomaron la decisión, a partir de mañana empezarás a comer más carne, a hacer ejercicio y a tomar suplementos.

La mente de Ximena ya trabajaba a mil por hora:

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