Sebastián y Saúl subieron por el ascensor directo a la última planta, el área de la suite presidencial de máximo nivel del Gran Hotel Horizonte, un espacio que nunca se abría al público.
Un mayordomo personal y una larga fila de empleados ya los esperaban frente a las puertas del ascensor.
Al abrirse las puertas, se escuchó un saludo perfectamente sincronizado:
—Bienvenido a casa, señor.
Sebastián asintió levemente y avanzó junto a Saúl hacia el interior.
La suite presidencial era inmensa; ocupaba todo el último piso del hotel. Además de los dormitorios, salas de estar, comedores, vestidores y baños, contaba con una sala de cine privada, un gimnasio, una sala de billar, una sala de reuniones y hasta un salón de banquetes privado.
Y por si fuera poco, los sistemas de seguridad y la privacidad eran de la más alta categoría a nivel mundial.
Consciente de su posición, Sebastián no planeaba vivir permanentemente en la casa familiar. En su lugar, decidió usar esa suite como su base de operaciones para manejar sus asuntos oficiales.
Por eso, medio año atrás, le había ordenado a Saúl que cerrara todos los trámites de adquisición del Gran Hotel Horizonte. Así, se adueñó discretamente del hotel más lujoso de Solsepia.
Ahora, él era el verdadero dueño de todo el lugar.
Sin embargo, mantenía su política de discreción, un detalle que ni siquiera Amaya y Romeo conocían.
Beatriz fue instalada cómodamente en una habitación de huéspedes, con empleados designados para cuidarla y asegurarse de que no sufriera ningún percance debido al alcohol.
Sebastián y Saúl entraron a la sala de cine. En la enorme pantalla de alta definición se podía monitorear todo lo que ocurría en el hotel a través de las cámaras de seguridad.
Sebastián se sentó en el centro, en una lujosa silla de masajes, y observó fríamente los movimientos de ese par de payasas en la pantalla.
Saúl no pudo evitar soltar una carcajada:
—Ese par de idiotas de verdad pensaron que eras una presa fácil, e incluso planearon atacarte juntas. Esto sí que es digno de ver.
Sebastián tenía una mirada gélida:
—Fue precisamente por tener una madre tan perversa que Ami sufrió tantas humillaciones en la familia Muñoz.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta