Sebastián levantó la copa de vino tinto que estaba a su lado, la agitó suavemente y centró su mirada en la enorme pantalla de alta definición.
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Piso 19 del Gran Hotel Horizonte, habitación 1101.
Josefa y Melina llegaron a la puerta luciendo vestidos ajustados y maquillajes recargados.
Ambas miraron a su alrededor con actitud sospechosa y, al asegurarse de que no había nadie, tocaron el timbre de la habitación 1101.
La puerta se abrió rápidamente. En la oscuridad, se vislumbró una figura alta que, antes de que pudieran reaccionar, las arrastró hacia adentro.
La puerta se cerró de golpe tras ellas.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra de la habitación y descubrieron que había al menos una docena de hombres corpulentos y musculosos esperando, el rostro de Josefa y Melina palideció de golpe.
Antes de que pudieran entender lo que estaba pasando, los hombres se abalanzaron sobre ellas.
Al principio, madre e hija no entendían en absoluto de qué se trataba la situación.
Pero al poco tiempo, sus mentes se quedaron completamente en blanco.
Y luego, la habitación entera se llenó únicamente de los jadeos de los hombres y los gemidos de las mujeres...
—¡Bang!
Justo cuando todo estaba en su punto máximo, la puerta de la habitación fue empujada con violencia.
Las luces se encendieron una tras otra con un sonoro "clic", e iluminaron la habitación dejándola brillante como el día.
Josefa, a medio vestir y con la mirada perdida, se sentó en la cama.
Melina, aún con ganas de más, saltó de encima de uno de los hombres fornidos, lista para empezar a gritar e insultar al intruso.
Pero, de repente, ambas enfocaron su vista en el rostro del hombre parado en la puerta.
En ese instante, sintieron que el alma se les escapaba del cuerpo. Pálidas como el papel, cayeron pesadamente al suelo.

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