Después de todo, sus padres siempre habían sido así. Su filosofía de vida consistía en 'darles siempre lo mejor a los hijos'.
Ya fuera algo que volara por el cielo, corriera por la tierra o nadara en el mar... si él lo quería, o si ellos creían que lo necesitaba, harían lo imposible por conseguírselo.
Había sido un bebé prematuro con una salud muy frágil.
Fue gracias a los cuidados meticulosos de sus padres que logró desarrollar la musculatura y fortaleza que tenía ahora.
De niño, era muy travieso y detestaba leer.
Sus padres dejaron de lado todas sus ocupaciones para sentarse a leer con él y lo llevaron a recorrer todo el país para abrirle los horizontes. Solo así despertaron su pasión por el conocimiento, volviéndolo un estudioso apasionado.
Y ahora que tenían a Amaya como nuera, también deseaban encontrar los mayores tesoros del mundo para entregárselos.
Para ellos, esa era su forma más natural de demostrar amor.
Pero para Amaya, fue un impacto profundo.
Por primera vez en su vida descubrió que existían padres que amaban a sus hijos hasta ese extremo, de una manera tan desinteresada y entregada.
Padres dispuestos a sacarse el corazón del pecho para entregarlo sin reservas.
Ximena y Ricardo seguían debatiendo acaloradamente.
En medio de su plática, mencionaban sin querer todos los gustos y preferencias de Amaya.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus suegros habían notado y memorizado todo lo que le gustaba y lo que no.
Incluso sabían que prefería dormir con una luz tenue encendida, que odiaba el ruido de fondo mientras trabajaba y que el sonido de las uñas rascando la piel la ponía ansiosa... Esos pequeños hábitos, que a veces ni ella misma notaba, ellos los tenían muy presentes.
Con razón, cuando ella y Romeo se mudaron recién a la residencia Ortega, Ximena solía visitarlos seguido, pero luego dejó de hacerlo con tanta frecuencia. Era para no interrumpir su descanso.
Y con razón Ricardo, a quien le encantaba usar la cortadora de césped en el jardín, empezó a hacerlo cada vez menos... Resulta que temía que a Amaya le molestara el ruido y prefirió evitarlo.
Todo el tiempo se adaptaban y consideraban sus gustos, aceptándola por completo y dispuestos a ofrecerle lo mejor de ellos.
Amaya nunca había recibido un amor tan incondicional.
Su madre siempre la amó, pero de una forma brusca. Las presiones de la vida le impedían detenerse a mimarla adecuadamente, así que Amaya había pasado gran parte de su vida luchando sola.
Pero ahora sentía que la vida la había premiado con un esposo maravilloso y unos suegros que eran unos verdaderos ángeles.

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