Amaya y Beatriz lo reconocieron en cuanto entraron.
Ese hombre era Fabián, el gerente que Beatriz había despedido hacía poco.
Los ojos de Amaya se volvieron gélidos.
—Saúl, ¿qué está pasando? ¿Él fue quien provocó el incendio?
Saúl asintió:
—Sí, ya escupió todo. Él prendió el fuego, tengo toda la confesión grabada.
Beatriz, sin poder creerlo, se acercó y agarró a Fabián del cabello.
—Fabián, ¿por qué hiciste esto?
—Llevas trabajando conmigo casi diez años. Cuando tu mamá tenía cáncer terminal, ¡fui yo quien te prestó medio millón de pesos para el tratamiento! ¿Y así es como me pagas? ¡Malagradecido!
Quién sabe qué métodos habría usado Saúl, pero en ese momento Fabián parecía un animal aterrorizado.
Bajo la presión, terminó confesándolo todo.
Había provocado el incendio no solo por despecho, sino porque una tal Ramos le prometió cinco millones de pesos...
Una mujer apellidada Ramos.
Esas simples palabras hicieron que la sangre de Amaya hirviera de rabia.
¿Qué otra mujer de apellido Ramos podría ser sino Vera?
No podía creer que esa infeliz fuera tan malvada y tan descarada como para mandar quemar Oro & Noche.
Si su madre no se hubiera aferrado a usar los mejores materiales contra incendios, si no hubiera instalado los mejores aspersores, y si los bomberos no hubieran controlado el fuego a tiempo... esa noche habría sido una verdadera masacre.
Amaya se dio cuenta de que Vera de verdad había perdido la cabeza.
Con tal de desquitarse, no le importó poner en riesgo la vida de todas las personas que estaban en Oro & Noche.
Actuar así no era diferente a ser un asesino a sueldo.
Ya que la muy cínica estaba tan empeñada en arrastrar a gente inocente al infierno, esta noche Amaya, con las pruebas en la mano, ¡le enseñaría en carne propia lo que era vivir en el infierno!
Amaya le ordenó a Saúl que recolectara todas las evidencias y audios, y que mantuviera a Fabián bajo estricta vigilancia.
Ahora, con el respaldo y el poder incalculable de aquel familiar, arreglar estos asuntos era pan comido para Amaya.
—¡Ve, tienes las pruebas en la mano, a ver si ganas o pierdes esta batalla!
Dicho esto, Beatriz se bajó de la camioneta, dejándole todo el problema a Amaya para que lo resolviera a su manera.
Al ver la espalda de su madre —aún frágil, pero esforzándose por mantenerse recta—, Amaya sintió un nudo en la garganta.
En su mente, le prometió en silencio:
«Mamá, yo te protegeré de ahora en adelante. Solo quiero que sueltes toda tu carga y vivas tranquila y con salud.»
Tal vez era inevitable que, en algún punto, madres e hijas tomaran su propio rumbo y se alejaran un poco.
Pero mientras se entendieran y se llevaran en el corazón, sin importar cuán grandes fueran sus desacuerdos, siempre terminarían reencontrándose.
Recordando sus treinta años junto a Beatriz, Amaya reprimió las ganas de llorar y se preparó para arrancar la camioneta.
Justo en ese momento, un número desconocido entró a su celular.
Al contestar, del otro lado de la línea se escuchó una risa lúgubre, enfermiza y desquiciada.
Esa carcajada sonó tan horripilante que por poco hace que Amaya soltara el celular por el susto.

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