—¡Jajajaja! ¿Se quemó Oro & Noche, verdad?
—¡Y pensar que era el único negocio de la santa de tu madre! Quiero ver de qué van a presumir ahora, par de fracasadas.
—Tsk, tsk... qué lástima que no se murió nadie, habría sido más divertido...
—Me enteré de que tu mamá estaba llorando a mares ahí mismo. De solo imaginarlo me da muchísima risa, ¡jajajaja!... ¡Qué joya, te juro que esto es una joya!
La persona del otro lado usaba un distorsionador de voz para sonar como un hombre macabro.
Esa voz enfermiza y alterada era tan aguda que casi le perfora los tímpanos a Amaya.
Pero Amaya entendió todo al instante. Era otro de los jueguitos de Vera.
Esa mujer era verdaderamente imbécil; siempre buscaba provocarla justo cuando a ella ya se le estaba acabando la paciencia.
¡Pues qué bueno! Así ya no tendría que seguir reprimiéndose.
Con un tono helado, Amaya habló por el micrófono:
—Vera, no trates de asustarme con ese distorsionador de voz. Sé perfectamente que eres tú, y también sé que fuiste tú quien mandó a quemar Oro & Noche.
—¿Te pareció muy divertido?
—Pues espérate, porque en un rato te vas a divertir muchísimo más.
Dicho esto, Amaya colgó la llamada con expresión furiosa.
Del otro lado de la línea, Vera, que hace unos segundos no cabía de la emoción, se quedó pasmada. El celular se le resbaló de las manos y cayó al piso.
Ese tono sepulcral de Amaya la había atravesado como un viento helado, haciéndola temblar de pies a cabeza.
Por puro instinto, sintió miedo y volteó a ver a Sonia.
—Mamá, ¿escuchaste a Amaya? Sentí que hablaba muy en serio...
Sonia también se desconcertó por un momento, pero luego de pensarlo, negó con la cabeza con seguridad.
—Imposible. Acabo de preguntar sobre eso. La policía ya lo declaró como un accidente. No hay manera de que descubran nada. Solo te está queriendo asustar, tú tranquila.

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