—Y esta no es la única gracia que tu prima ha hecho hoy —continuó Amaya—. Ah, por cierto, ¿qué decías hace rato? Que ella ni siquiera es capaz de matar a un pez, que jamás podría cometer un crimen como provocar un incendio, ¿verdad?
Diego habló con voz grave, aunque sonó involuntariamente débil; sentía las piernas entumecidas:
—Ami, ¿no será... que hay algún malentendido?
Seguía sin poder creérselo.
Lo que acababa de ver destruía por completo todo lo que él pensaba sobre Vera y Sonia. Necesitaba un poco de tiempo para procesarlo.
Amaya no podía creer que, incluso frente a esa evidencia, él siguiera excusando a Vera. Su sonrisa fría se acentuó aún más:
—¿Malentendido? Veo que de verdad la tienes en un pedestal. Pues espérate, porque ya tengo todas las pruebas del incendio de esta noche en Oro & Noche. Si es necesario se las entrego a la policía. Ahí veremos si fue un malentendido o si alguien lo planeó todo desde hace tiempo.
El tono tan seguro de Amaya le hizo darse cuenta al instante de la gravedad de la situación, así que gritó apresurado:
—Ami, espera. Cálmate un momento, voy para allá ahora mismo.
Dicho esto, Diego colgó de prisa y bajó corriendo las escaleras como alma que lleva el diablo.
Había contestado la llamada en el pasillo, y Josefa había estado escuchando toda su conversación con Amaya a través de la rendija de la puerta.
La noticia del incendio en Oro & Noche la tenía tan emocionada que no había podido pegar el ojo en toda la noche.
Pero al escuchar a Amaya hace un momento, se dio cuenta de que la situación se había salido de control y salió disparada de su cuarto.
—Diego, ¿a dónde vas a esta hora? —preguntó Josefa, haciéndose la desentendida mientras se ponía un saco y corría tras él hacia la planta baja.
—¡Qué cosas dices! ¡Claro que no! Yo... yo nada más estoy preocupada por Vera y por tu tía Sonia, por eso quiero ir contigo a ver qué pasa. No sé qué andaban haciendo hoy, te lo juro. Diego, no me mires así, ¡yo no tuve nada que ver con el incendio de Oro & Noche! —Josefa se puso tan nerviosa y se enredó tanto con sus propias palabras, que terminó soltando la sopa sin querer.
Al escuchar esa pobre excusa que solo la incriminaba más, a Diego le latieron las sienes con fuerza. Una rabia inmensa le invadió de golpe.
Apretó los dientes para contenerse, pisó el acelerador a fondo y se dirigió directo hacia el antro exclusivo.
Apenas empujó la puerta del cuarto privado, Vera lo vio. Pálida del susto, corrió hacia él y se le echó encima, llorando a mares:
—¡Diego, fue... fue Amaya la que nos tendió una trampa a mi mamá y a mí! Nosotras ni queríamos venir a tomar, ¡ella nos engañó para traernos! ¡Solo quiere arruinar nuestra imagen! Diego, nos tienes que ayudar, tienes que creerme. ¡Mi mamá y yo no somos de esa clase de mujeres que viste en el video! —Vera señaló a Amaya, repitiendo su viejo truco de echarle toda la culpa.
Al escucharla, Diego levantó la cabeza de golpe y le clavó una mirada glacial a Amaya, soltando unas palabras casi por instinto...

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