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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 479

Mientras tanto, en otro lado de la ciudad.

Cuando Diego llegó apresurado a la cena, la tensión en el salón privado se podía cortar con un cuchillo.

Vera mantenía la cabeza agachada, fingiendo ser la víctima perfecta y sin atreverse a decir una palabra, mientras Sergio Navarro tenía el rostro rojo de ira, ignorándola por completo.

Al ver entrar a Diego, ambos se pusieron de pie.

Vera se aferró a él como a un salvavidas y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante:

—Diego... al fin llegas. Papá y yo te hemos estado esperando.

Diego asintió secamente y miró a Sergio Navarro con frialdad profesional:

—Le ofrezco una disculpa, señor Navarro. Había mucho tráfico, lamento haberlos hecho esperar.

Tras decir esto, se volvió hacia el mesero:

—Sirvan la cena. La cuenta corre por mi cargo.

Con el mesero fuera, la expresión de Sergio se relajó un poco y le indicó a Diego que tomara asiento:

—Entiendo que el señor Muñoz es un hombre ocupado. Siéntese, platiquemos mientras cenamos.

Los tres se sentaron a la gran mesa redonda, que pronto se llenó de exquisitos platillos.

Físicamente, Diego estaba ahí, pero su mente estaba en otra parte.

Amaya seguía sin contestar sus mensajes. Él miraba su teléfono cada par de minutos, angustiado por ella y por su hija. Su único deseo era salir de allí lo más rápido posible para regresar a Santa Lucía.

Vera, notando su total distracción, le dio un discreto tirón al saco por debajo de la mesa y susurró:

—Diego... por favor, explícale a mi papá lo que pasó con Romeo. Tengo miedo de que no me crea a mí.

Diego regresó a la realidad. Levantó su copa y se dirigió directamente a Sergio Navarro:

Sergio Navarro temblaba de furia, a punto de romper la copa de cristal con las manos.

Se puso de pie bruscamente, rugiendo de ira:

—¡Así que esa es la verdad! ¡Vera, hija mía, cuánto has sufrido!

—¡Los Ortega siempre se han jactado de ser gente de principios, y resultaron ser unos malditos infelices! ¡Para recuperar unas cuantas monedas, te humillaron a ti y dejaron a un pobre niño desamparado!

La indignación de Sergio creció a niveles incontrolables y tomó una decisión inmediata:

—¡Vera, escúchame bien! ¡Ya que ahora te he reconocido como mi hija, yo mismo me encargaré de hacer justicia! Si los Ortega quieren ese dinero, ¡yo se los pagaré! ¡A partir de este instante, el Grupo Vanguardia corta toda relación con la familia Ortega! ¡Somos enemigos mortales!

Al escuchar esas palabras, Vera celebró internamente.

Estaba al borde de la desesperación por no saber de dónde sacar esa fortuna para pagar la deuda de divorcio, y de repente, su nuevo papá le solucionaba la vida de un plumazo.

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