Mientras tanto, en otro lado de la ciudad.
Cuando Diego llegó apresurado a la cena, la tensión en el salón privado se podía cortar con un cuchillo.
Vera mantenía la cabeza agachada, fingiendo ser la víctima perfecta y sin atreverse a decir una palabra, mientras Sergio Navarro tenía el rostro rojo de ira, ignorándola por completo.
Al ver entrar a Diego, ambos se pusieron de pie.
Vera se aferró a él como a un salvavidas y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante:
—Diego... al fin llegas. Papá y yo te hemos estado esperando.
Diego asintió secamente y miró a Sergio Navarro con frialdad profesional:
—Le ofrezco una disculpa, señor Navarro. Había mucho tráfico, lamento haberlos hecho esperar.
Tras decir esto, se volvió hacia el mesero:
—Sirvan la cena. La cuenta corre por mi cargo.
Con el mesero fuera, la expresión de Sergio se relajó un poco y le indicó a Diego que tomara asiento:
—Entiendo que el señor Muñoz es un hombre ocupado. Siéntese, platiquemos mientras cenamos.
Los tres se sentaron a la gran mesa redonda, que pronto se llenó de exquisitos platillos.
Físicamente, Diego estaba ahí, pero su mente estaba en otra parte.
Amaya seguía sin contestar sus mensajes. Él miraba su teléfono cada par de minutos, angustiado por ella y por su hija. Su único deseo era salir de allí lo más rápido posible para regresar a Santa Lucía.
Vera, notando su total distracción, le dio un discreto tirón al saco por debajo de la mesa y susurró:
—Diego... por favor, explícale a mi papá lo que pasó con Romeo. Tengo miedo de que no me crea a mí.
Diego regresó a la realidad. Levantó su copa y se dirigió directamente a Sergio Navarro:

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