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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 480

Vera aprovechó el momento para dar la estocada final:

—Papá, escuché que nuestra empresa acaba de firmar un contrato a largo plazo con el Estudio Eje, ¿es verdad? ¿Crees que podrías hablar con los otros dos corporativos para que también cancelen sus contratos? ¡Ese estudio le pertenece a Romeo y a Amaya! ¡Ellos dos fueron los que armaron todo este teatro en los medios para humillarme!

Vera distorsionó por completo los eventos del banquete de beneficencia, asegurándole a su padre que todo había sido una elaborada trampa orquestada por Amaya y Romeo.

Al escucharla, la pena que Sergio Navarro sentía por su hija se convirtió en un odio feroz hacia la pareja de arquitectos.

Dio un fuerte golpe en la mesa, haciendo que los cubiertos saltaran:

—¡Es el colmo! ¡No pensé que existiera gente con tan poca moral!

—¡No me importa si hacen los mejores diseños del país! ¡El Grupo Vanguardia no hace negocios con escoria! ¡Mandaré a que les paguen ahora mismo el maldito dinero que exigen y cancelaremos ese contrato de inmediato!

—¡Y eso no es todo! Voy a usar todos mis contactos en Solsepia para asegurarme de que nadie vuelva a contratarlos nunca.

Cegado por la ira, Sergio tomó su teléfono, llamó al departamento de finanzas y ordenó que transfirieran la suma exacta a la cuenta bancaria de Romeo Ortega.

En el hospital, Romeo acababa de cenar junto a Amaya. Ambos miraban las gardenias bajo la luz de la luna en completa calma.

De pronto, el teléfono de Romeo vibró. Era una notificación bancaria por un ingreso multimillonario.

Antes de que pudiera procesarlo, entró una llamada de un número desconocido. Era Sergio Navarro.

—¿Tú eres Romeo Ortega?

La voz del hombre al otro lado de la línea sonaba pesada y rebosante de furia.

Romeo frunció el ceño levemente y respondió con educación:

—Sí, soy yo. ¿Con quién tengo el gusto?

Sergio resopló con desprecio:

—Vanguardia también se bajó del barco. El dueño me llamó justo antes que tú.

—Pero no te preocupes...

Su voz era aterradoramente calmada, llena de un orgullo y una superioridad absolutos:

—Diles exactamente esto: No trabajar con nosotros es su pérdida, no la nuestra. Que lo piensen muy bien, porque si desechan esta oportunidad, en el futuro no volveremos a trabajar con ellos, ni aunque nos rueguen de rodillas.

César tragó saliva, dudando:

—Hermano... ¿no crees que eso suena demasiado arrogante? ¿De verdad... estamos tan seguros de esto?

Romeo respondió de tajo:

—¡Sí!

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