—Nos dividiremos el trabajo. Tú te encargas de Diego y yo de tu tía Josefa. Como sea, tenemos que hacer que Amaya pague las consecuencias y se largue de la familia Muñoz para siempre.
Un brillo de pura maldad cruzó rápidamente por la mirada de Vera. En este momento, odiaba a Amaya con toda su alma.
***
Amaya esperó en casa tres días enteros.
Después de tres días, por fin recibió una llamada de Diego. La citó en El Paladar para comer y, de paso, platicar sobre cómo iban a manejar toda la situación.
Amaya fue directo al lugar, pero al abrir la puerta del reservado en el segundo piso, descubrió que no solo estaba Diego, sino que su hermana Leonor también estaba sentada ahí.
Amaya se quedó pasmada por un momento y enseguida se le descompuso el rostro.
—Diego, ¿no se suponía que íbamos a platicar de nuestros asuntos? ¿Qué significa eso de traer a tu hermana?
Sin esperar a que Diego hablara, Leonor se puso de pie por iniciativa propia y miró a Amaya con una sonrisa amable:
—Yo fui la que insistió en acompañar a Diego, Ami.
—Quiero disculparme en nombre de mi mamá y de mi hermano por lo mal que se portaron contigo durante tu embarazo y tu cuarentena. ¿Estás dispuesta a aceptar nuestras disculpas?
El tono de Leonor reflejaba un nivel de respeto y calma que nunca antes había mostrado.
Esta repentina muestra de amabilidad dejó a Amaya completamente desconcertada. Esbozó una sonrisa burlona y miró a Diego por instinto:
—¿Qué pasó? ¿Cambiaron de estrategia?
—Este teatrito no va a funcionar conmigo, Diego. No creas que solo porque últimamente le he mandado un par de fotos de Reni a Leonor, eso significa que ya somos cercanas o que puede venir a convencerme.
—No. No tengo confianza con nadie de tu familia, incluida ella, así que ¡guárdense sus jueguitos!
Amaya señaló a Leonor, desarmando su fachada con un par de frases. Su expresión era fría y mordaz.
Durante todo ese tiempo interminable, si al menos uno de los Muñoz hubiera estado dispuesto a decirle una sola palabra de aliento, tal como lo hacía Leonor hoy... Amaya habría sentido que ese matrimonio había valido la pena.
Pero eso fue en aquel entonces, cuando aún tenía la ilusión de formar un hogar unido y amoroso con Diego.
Ahora las cosas habían cambiado. Esas palabras de Leonor eran muy valiosas, pero llegaban demasiado tarde, tanto que ya no las necesitaba.
Amaya se quedó en silencio por un buen rato. Entró, cerró la puerta del reservado y miró fijamente a los dos hermanos:
—Leonor, si me hubieras dicho todo esto antes de que Renata cumpliera un mes, te lo habría agradecido. Incluso te habría abrazado. A lo mejor hasta hubiera llorado de la emoción y te estaría eternamente agradecida.
Amaya esbozó una sonrisa fría y desolada, dejando escapar un toque de sarcasmo:
—Qué lástima que hables tan tarde.
—Cuando el corazón ya se hizo cenizas, ¿de qué sirve que intenten avivar el fuego?

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