A Rubén le temblaban las manos cuando agarró el ratón y abrió el panel del mercado en tiempo real.
En la pantalla, las gráficas del Grupo Muñoz caían en picada como si se hubieran desbarrancado. La línea, antes estable, ahora parecía una cuchilla afilada que apuntaba directo hacia el fondo.
Las enormes órdenes de venta en rojo parecían una inundación que rompía los diques, ahogando al instante todas las órdenes de compra.
Los números rojos eran alarmantes: -9.8%.
—¡Diego! ¡Ven a ver esto ahora mismo!
Rubén levantó la cabeza de golpe. Su pecho subía y bajaba con violencia, y el dedo con el que señalaba la pantalla tenía espasmos.
—¡Mira nada más lo que hiciste!
—Los bancos, los proveedores, la junta directiva... ¡ahora todos nos tienen en la mira! Siempre andas presumiendo que tienes todo bajo control, ¿cómo dejaste que la situación se saliera de las manos de esta manera?
—No me importa qué tengas que hacer, así tengas que humillarte y suplicar, ¡tienes que hacer que las acciones suban de nuevo! Si no... si no, ¡todo el imperio que construí se va a ir a la basura por tu culpa, malagradecido!
Tras gritar eso, a Rubén pareció írsele toda la energía. Le dio un ataque de asma repentino y se encogió en la silla. Su rostro se puso rojo como un tomate y de su garganta salía un silbido ronco y entrecortado.
Diego se quedó petrificado, con la mente en blanco.
No reaccionó hasta que vio a su padre a punto de asfixiarse. Salió de su trance, buscó torpemente el inhalador en el cajón y se lo roció en la nariz a Rubén un par de veces con urgencia.
La respiración de Rubén se calmó un poco, pero agarró a Diego de la muñeca con tanta fuerza que casi le entierra las uñas.
—¡Muévete! ¡Averigua de inmediato quién está detrás de todo esto! ¡Ahorita mismo!
Diego se quedó sin palabras.
Guardó silencio unos segundos, con una mirada sombría en los ojos. Luego se dio la vuelta y salió del despacho con pasos pesados.
A pesar de tener los hechos frente a él, seguía sin poder creer que su sumisa exesposa tuviera la capacidad de orquestar todo eso.
Lo primero que hizo fue marcarle a Romeo.
Del otro lado de la línea, la voz de Romeo sonaba tan fría que parecía un extraño. Se saltó los saludos:
—Dime.
Diego sentía que la cabeza le iba a estallar. Habló con un tono helado:
Al escuchar el tono de ocupado en la bocina, Diego sintió un nudo en el estómago. Estaba al borde del colapso por la frustración.
Una enorme duda no dejaba de darle vueltas en la cabeza:
¿De verdad era Amaya o todo esto era solo una coincidencia?
Fuera como fuera, se negaba a creer que Amaya tuviera tanto poder, al punto de poder manipular el mercado de valores.
Diego regresó a las oficinas centrales del Grupo Muñoz y convocó a una junta de emergencia con los directivos.
Durante toda la mañana, los teléfonos de los departamentos de relaciones públicas y finanzas del Grupo Muñoz no dejaron de sonar.
La reacción en cadena provocada por la caída en picada de las acciones se extendió como una plaga dentro de la empresa.
Los directores de los bancos principales se presentaron en persona para exigir los pagos, los proveedores se amotinaron en el vestíbulo con pancartas y todo el edificio del Grupo Muñoz era un auténtico caos.
Justo en ese momento tan crítico, llegó otra mala noticia desde la delegación de policía:
Leonor, Melina y Vera se habían agarrado a golpes en los separos por celos y envidias. Las tres terminaron heridas y necesitaban urgentemente que alguien fuera a pagar los gastos médicos para poder salir bajo fianza.

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