Amaya miró las puertas abiertas de la residencia Muñoz, y una sonrisa fría se dibujó en sus labios.
Levantó su mano con elegancia y chasqueó los dedos en el aire.
Al segundo siguiente, se desató una escena que Diego jamás se habría esperado.
Más de diez camionetas negras llegaron a toda velocidad desde ambos lados de la calle, deteniéndose en perfecta sincronía frente a la casa con un rechinar de llantas ensordecedor.
Inmediatamente después, las puertas se abrieron al mismo tiempo. De los vehículos bajó un ejército de guardaespaldas vestidos de traje negro, con lentes oscuros, todos con una estatura superior al metro ochenta.
A la cabeza de todos iba Saúl.
Con una sola orden suya, todos se formaron de inmediato en dos filas, avanzando perfectamente coordinados detrás de él.
En cuestión de segundos, se agruparon a espaldas de Amaya, como una densa nube negra a punto de desatar una tormenta.
Diego abrió los ojos de par en par, mirando a Amaya con incredulidad:
—Amaya... ¿qué significa todo esto?
—¿Para qué trajiste a toda esta gente a mi casa? ¿Qué es lo que pretendes?
Amaya se cruzó de brazos y sonrió levemente:
—¿Qué no es obvio? ¿A poco necesitas que te lo explique?
Amaya le hizo un gesto a Saúl con la cabeza.
De inmediato, Saúl avanzó con todo su escuadrón e irrumpió en la residencia Muñoz.
El encargado de la casa se dio cuenta de lo que estaba pasando y gritó, aterrado:
—¡Aquí están! ¡Ayuda! ¡La señora trajo a un montón de hombres! ¡Sáquenlos de aquí!
Los guardias de seguridad de la residencia salieron de todas partes al escuchar el alboroto.
Sin embargo, el grupo que acompañaba a Saúl estaba claramente conformado por guardaespaldas de élite, con un nivel de entrenamiento muy superior.
La abuela salió a toda prisa, apoyándose en su bastón y ayudada por Josefa y Rubén.
Detrás de ellos venían Leonor, Melina y Vera, a quienes la familia Muñoz había logrado sacar de los separos gastando un dineral.
Evidentemente se la habían pasado muy mal ahí adentro; tenían las caras todas hinchadas, caminaban cojeando y, si no te les quedabas viendo de cerca, ni siquiera se podía distinguir quién era quién...
Vieron a Amaya y a Diego parados en la entrada, ambos con rostros severos.
El patio ya había sido invadido por una multitud de tipos enormes de traje negro, mientras sus propios guardias estaban tirados en el suelo quejándose de dolor.
Todos se quedaron pasmados. Rubén fue el primero en reaccionar, haciendo un berrinche ahí mismo del puro coraje.
—¡Tú... vieja loca!
—¡Cómo te atreves a meterte así a mi casa con toda esta gente! ¡Te pasaste de la raya! ¡Hoy mismo te voy a dar una buena lección!
Corrió enfurecido hacia Amaya, levantó el bastón que le venía cargando a la abuela y lo lanzó con fuerza hacia el cuerpo de ella...

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