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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 284

Todas y cada una de las humillaciones regresaron a su mente en el instante en que pisó aquella vieja casona.

Hasta ese momento se dio cuenta de que, en el pasado, por amor a Diego, había permitido que toda la familia Muñoz la pisoteara a su antojo sin siquiera decir una palabra.

En aquel entonces no era cobardía, sino que sabía perfectamente que no tenía los medios para defenderse, así que se guardó todo el coraje en silencio.

Durante esos cinco años, si se había esforzado tanto en su carrera de diseño, era porque en el fondo albergaba un resentimiento profundo. Quería sobresalir, quería llegar al punto de poder pararse de igual a igual frente a Diego.

Había fantaseado infinidad de veces con el día en que, valiéndose de sus propios méritos, pudiera hacer un ajuste de cuentas con toda esa gente.

Y hoy, ese día por fin había llegado.

El regreso de su hermano, ahora convertido en un hombre poderoso, le otorgó una fuerza abrumadora capaz de aplastar cualquier obstáculo, haciendo que sus fantasías se volvieran realidad.

Las palabras de Amaya dejaron a Josefa, Melina y Leonor con los rostros pálidos por el pánico.

Después de todo, para ellas, el trato que le habían dado a Amaya en aquel entonces era lo más normal del mundo.

¿Quién le mandaba a una mujer como ella intentar trepar hasta la familia Muñoz? Si quería casarse con alguien de una clase superior, tenía que aguantar vara. Esos sufrimientos eran el precio que le correspondía pagar.

Ninguna se imaginó que Amaya recordaría cada detalle con tanta claridad, y mucho menos que se los echaría en cara de esa forma.

Diego la miraba incrédulo.

—¿Todo esto... es verdad? —preguntó él—.

—¿Por qué nadie me dijo nada? Ustedes... ¿así es como trataban a Amaya a mis espaldas?

Amaya no pudo evitar soltar una risa burlona.

—Diego, ¿de verdad no sabías nada o solo te hacías el desentendido?

—¿Acaso fueron pocas las veces que tu mamá y tus tres hermanas me humillaron frente a ti? ¿Qué me decías siempre para calmarme? Que solo hablaban por hablar pero que en el fondo tenían buen corazón, que aguantara, que cediera un poco, que al final éramos familia y que se pasaría rápido.

—Esas fueron tus palabras, ¿no?

Se hizo un silencio incómodo por parte de Diego.

—Bueno, hoy yo también tengo buen corazón —continuó Amaya—. Solo quiero pagarles con la misma moneda. Así que te pido a ti, a tu mamá y a tus hermanitas que aguanten y cedan un poco. Después de todo, somos familia, ¿no? Ya se les pasará.

Sin esperar a que Diego reaccionara, Amaya lo hizo a un lado empujándolo por el hombro.

Caminó a paso veloz cruzando el jardín hasta llegar a la sala de estar.

Al entrar, lo primero que vio fue a Renata recostada en un corralito, llorando a todo pulmón.

Sintió que el corazón se le salía del pecho. En un parpadeo, acortó la distancia y tomó a su hija en brazos.

Pero, al tenerla contra su pecho, se dio cuenta de algo terrible: ¡la niña tenía una curita en el dorso de su manita derecha y se alcanzaba a ver un moretón en los bordes!

¡Eso era claramente la marca de una aguja intravenosa!

¿Qué le habían hecho a Renata? ¿Por qué le estaban poniendo suero a una bebé de apenas tres meses?

La mirada de Amaya se encendió de furia. Cuando Diego entró a la sala, sintió como si dos ráfagas de fuego le quemaran el rostro.

El odio y la intensidad en los ojos de ella lo paralizaron por completo, dejándolo clavado en el piso, sin atreverse a dar un solo paso más.

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