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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 297

Todo sucedió demasiado rápido.

Romeo sintió que le zumbaban los oídos.

Su mente se quedó en blanco por completo.

Vio cómo aquellos labios se acercaban peligrosamente a los suyos, a milímetros de distancia.

En ese momento, el corazón de Romeo le latía a mil por hora, apenas y podía respirar. Sin saber qué hacer, la empujó con firmeza y le sujetó ambas manos.

¡Por poco! ¡Casi lo besaba!

Aún nervioso, respiró de forma agitada y tragó saliva.

Amaya todavía intentaba resistirse. El hombre aplicó un poco de fuerza y le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza. Estaba completamente fuera de sí, su rostro ardía y, aunque mantenía los ojos cerrados, no dejaba de retorcerse.

Con sus cuerpos tan pegados, Romeo podía sentir que la temperatura de Amaya era anormal.

Había algo muy extraño... Demasiado extraño.

Por muy mal que le cayera el alcohol, a lo mucho se desmayaría o vomitaría, no actuaría de esa manera.

¿Acaso alguien les había echado algo en la bebida cuando se pararon de la mesa?

En cuanto se le vino a la cabeza esa idea, sacó el celular y le marcó a Marcos.

En el otro coche.

Sofía ya se le había montado encima a Marcos como una fiera, dándole besos en la cara y en el cuello mientras sus manos lo exploraban y le jalaban la ropa de forma descontrolada.

Le desabrochó todos los botones de la camisa blanca y empezó a acariciarle el pecho y el abdomen con descaro.

—¡Carajo! —maldijo Marcos con voz ronca; se le cortó la respiración cuando la mano de ella se deslizó peligrosamente hacia abajo.

Intentó empujarla con todas sus fuerzas, pero entre más la apartaba, más se aferraba Sofía a su cuerpo, como si fuera chicle.

—Romeo, ¿por quién me tomas? Soy abogado, me sé las leyes al derecho y al revés, ¿cómo crees que yo haría algo como drogarlas? —respondió Marcos, ofendido y con la cabeza despejada de golpe.

—¿Entonces qué pasó? —Romeo respiraba agitado y por el ruido de fondo, parecía que también estaba lidiando con un problema; se escuchaban roces y los gemidos vagos de una mujer.

—¿Quién querría hacernos eso? ¿Cómo están las cosas por allá?

—¿Tú qué crees? Está complicadísimo, no se deja controlar —dijo Marcos con seriedad, mientras intentaba sujetarle las manos a Sofía, que seguía moviéndose.

—Si no me hubieras marcado, casi caigo.

—¡Ni se te ocurra aprovecharte de ella! —le reclamó Romeo.

—Háblale ya a Camilo. Él tiene sus contactos, dile que consiga algo para cortar el efecto y que las despierte un poco. Luego nos vamos al hospital.

—Así como estamos ni manejar podemos. Tú nomás contrólate, por favor.

—Sale, mejor hay que bajarnos y las dejamos adentro, para no... terminar regándola —contestó Marcos.

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