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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 311

La mirada de Amaya Ibarra se detuvo en el apuesto rostro de Romeo Ortega, ahora cubierto de magulladuras y rasguños. Sus pupilas se contrajeron.

Su primera reacción fue pensar que, bajo el descontrol de la droga de anoche, ella misma lo había golpeado hasta dejarlo así.

Pero, aunque era buena defendiéndose, ¿realmente había sido capaz de dejarlo en un estado tan lamentable?

Y anoche... ¿quién demonios había adulterado sus bebidas?

Una nube de dudas cubrió el corazón de Amaya, y la forma en que miraba a Romeo estaba llena de culpa y remordimiento.

—Romeo, ¿qué te pasó...? —no pudo evitar preguntar.

Romeo esbozó una leve sonrisa y se acercó a ella.

—No es nada, solo unos rasguños.

—No te preocupes, el video de anoche no se filtrará, Saúl ya se encargó de todo.

¿Video?

¿Qué video?

Amaya estaba completamente perdida, y los signos de interrogación en su mente solo se multiplicaron.

En ese momento, Marcos Torres resumió brevemente lo sucedido la noche anterior, y Romeo añadió un par de detalles.

Sin embargo, él no mencionó en absoluto la paliza que recibió al ir a la habitación de hospital de Diego Muñoz. Consideraba que no era importante, y mucho menos quería mostrarse vulnerable frente a Amaya.

Ella ya estaba lo suficientemente agotada con la guerra del divorcio y el cuidado de su pequeña hija... no quería sumarle ni un gramo más de presión.

Muchas cosas prefería guardárselas en silencio, tal como lo había hecho en el pasado; por ahora, eso era lo mejor.

Al escuchar toda la historia, Amaya sintió que la sangre le hervía de furia.

¡Jamás imaginó que Vera Ramos pudiera caer tan bajo como para aprovecharse de un descuido y drogar sus bebidas!

Si Romeo y Marcos hubieran tenido un poco menos de autocontrol, ¿acaso ella y Sofía Vargas habrían cometido un error irreparable?

Solo de pensarlo, un sudor frío le recorrió la espalda.

De pronto, su mirada se desvió hacia la marca en el cuello de Marcos, y no pudo evitar relacionarlo con el tiempo que pasó a solas con Romeo en el auto...

Sofía había estado tan desenfrenada bajo los efectos de esa sustancia, seguramente Marcos no la tuvo fácil para contenerla.

¿Acaso ella había sido igual de lanzada que Sofía?

Ella y Romeo... ¿acaso se habían besado?

Una verdadera telenovela comenzó a reproducirse en la mente de Amaya.

Romeo, que no apartaba los ojos del rostro de la chica, notó cómo su expresión aparentemente tranquila comenzaba a teñirse de un rojo intenso, subiendo desde las mejillas hasta la nuca, como si estuviera ebria.

Intuyendo lo que estaba imaginando, apretó los labios para contener una sonrisa.

—No tienes por qué sentirte abrumada, tú y yo... no hicimos nada.

Le entregó la bolsa de frutas a Camilo Torres.

—Camilo, ve a lavar un poco de esto para que las señoritas prueben.

Luego, sacó de otra bolsa una pomada, gasas y alcohol, y le dio unas palmaditas a Marcos.

—Marcos, ayúdame a curar estas heridas, no alcanzo bien.

Diego Muñoz, aprovechándose de la ayuda de sus guardaespaldas, le había dado una golpiza bastante seria esta vez.

Romeo hacía todo lo posible por actuar con naturalidad, pero le dolían los brazos, la espalda y el pecho, aunque no quería demostrarlo delante de los demás.

Camilo y Marcos hicieron caso de inmediato.

Camilo se llevó la fruta a lavar, mientras Marcos ayudaba a desinfectar con cuidado las heridas visibles de Romeo.

Pero Marcos, aunque tenía labia, era bastante torpe con las manos. No calculaba bien la fuerza, haciéndolo soltar gruñidos ahogados continuamente.

Amaya no pudo soportarlo más. Se acercó, le quitó el hisopo a Marcos y le hizo un gesto para que se hiciera a un lado.

—Déjame a mí, ustedes los hombres no sirven para esto.

Tomó el hisopo y comenzó a limpiar suavemente las heridas en el rostro de Romeo con yodo. Su mirada era seria y concentrada, y sus movimientos delicados ofrecían un alivio que contrastaba drásticamente con la torpeza de Marcos.

Romeo se quedó muy quieto. Sin lugar adonde desviar la vista, sus ojos no tuvieron más remedio que clavarse en el rostro de ella.

Era la primera vez que estaba tan cerca de Amaya, tan cerca que podía ver el fino vello en sus mejillas y las imperceptibles pecas alrededor de sus ojos.

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