Romeo le palmeó el hombro con una sonrisa, su tono era suave pero lleno de convicción.
—Ya está, no le des más vueltas. Ahora nuestra única misión es acompañar a Reni y ganar esta batalla. César y yo nos encargaremos del estudio, tú solo respira y confía.
Amaya abrió la boca, pero la emoción la dejó muda. Sentía un nudo en la garganta y, por un instante, no supo qué responder.
Al cruzar miradas, Amaya notó claramente un destello en los ojos de Romeo. Era una chispa que ocultaba un sentimiento intenso, casi reprimido.
Pero al segundo siguiente, sacudió la cabeza mentalmente, convenciéndose de que era solo su imaginación.
¿Cómo podría haber algo entre Romeo y ella? Estaba fantaseando locuras.
Además, aún seguía casada por la ley y ambos eran colegas; no podía permitirse pensamientos inapropiados. Eso solo empeoraría su ya de por sí desastrosa situación.
Mientras Amaya lidiaba con ese torbellino interno, su celular sonó. Era la doctora encargada del caso de Reni.
El corazón de Amaya le dio un vuelco. Sus dedos temblaban incontrolablemente al deslizar la pantalla para contestar.
—¿Doctora? ¿Ya salieron los resultados? ¿Cómo está mi pequeña?
—Señora Ibarra, por favor venga a mi consultorio. Es preferible que hablemos esto en persona.
Hablemos en persona... Esas palabras siempre eran un presagio de que las cosas estaban mal.
Amaya apretó el teléfono con fuerza, sintiendo cómo un sudor frío le perlaba la frente.
Colgó el celular con el alma en un hilo y, olvidando por completo lo débil que se sentía, apartó las sábanas de golpe para levantarse de la cama.
—¿La doctora te pidió que fueras a su consultorio? —preguntó Romeo, lleno de preocupación.
Amaya asintió, con la voz tensa.
—Sí... ya están los resultados. Me pidió que fuera de inmediato.
—Voy contigo.
La palabra *leucemia* cayó sobre su pecho como un bloque de cemento, arrebatándole todas las fuerzas de golpe.
Dio un paso hacia atrás, tambaleándose, pero una mano grande, cálida y firme sostuvo su espalda baja, evitando que colapsara.
Sin embargo, Romeo, más calculador, notó de inmediato la inconsistencia en el diagnóstico y preguntó con frialdad:
—Doctora, un momento. Cuando vino el doctor Daniel, ¿no le realizó un aspirado de médula ósea para confirmar?
Las lágrimas ya se acumulaban en los ojos de Amaya, pero las palabras de Romeo la hicieron reaccionar.
¡Era cierto! Reni se había sometido a una biopsia de médula mucho más precisa, ¿por qué la doctora seguía hablando del primer análisis de sangre?
Las pupilas de Amaya se contrajeron y la desesperación se apoderó de ella.
Se apoyó con ambas manos sobre el escritorio de la doctora y exigió:
—¡Exacto! ¿Cuáles son los resultados del aspirado de médula? ¡Por el amor de Dios, doctora, dígame todo de una vez que me va a dar un infarto!

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