Diego acababa de sobrevivir a la paliza de los jóvenes dentro de la celda y, al salir, fue emboscado por el linchamiento de los padres.
Al ver cómo el rostro de su hermano se llenaba de sangre, Leonor, desesperada, se quitó la chaqueta y le cubrió la cabeza, gritando a todo pulmón.
—¡Cada quien es responsable de sus actos! ¡Entiendo que estén molestos, pero mi hermano es una víctima en esto!
—¡Él no organizó la fiesta! ¡Infórmense antes de atacar!
El grito de Leonor logró que la multitud enfurecida retrocediera un poco.
Quien le había dado el puñetazo a Diego era el señor Morales, el padre de Mauricio Morales.
Su hijo era su único heredero, mimado y consentido desde la cuna. Le daba absolutamente todo lo que pedía.
Sabía que su hijo era un vago, pero siempre le había prohibido cruzar la línea de la legalidad, y hasta ahora, el muchacho se había portado más o menos bien.
Era la primera vez en toda su vida que terminaba en la cárcel.
Y esta vez no era solo por consumo de drogas, sino por facilitar narcóticos a otros asistentes.
Cuando el señor Morales se enteró, sintió que el mundo se le venía abajo.
Su reacción inmediata fue pensar que su hijo era inocente, que le habían tendido una trampa.
Se reunió con los demás padres y, tras interrogar a los jóvenes que ya habían sido liberados, descubrieron la verdad de la fiesta.
Las organizadoras eran Leonor Muñoz, la hermana de Diego, y su prima Vera Ramos.
—¡Mira todo lo que ha estado haciendo últimamente! ¡No le queda ni una gota de dignidad como empresario!
—¡Que haya participado en un asco como el de anoche demuestra que no es diferente a mi inútil hijo!
—¡Y pensar que creíamos que la familia Muñoz era ejemplar, que sus hijos eran brillantes! ¡Basura! ¡Si hasta el gran señor Muñoz se acuesta con su secretaria y tiene una hija ilegítima, ya podemos imaginar cómo está de podrido el resto del árbol!
El señor Morales señaló a Diego y a Leonor, lanzando insultos sin piedad.
Y sus palabras resonaron como un eco en los demás padres.
La familia Muñoz había conseguido despertar el odio colectivo, ganándose de enemigos a la mitad de las familias poderosas de Solsepia.

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