Hubo un silencio de varios segundos al otro lado de la línea, hasta que se escuchó la voz grave de un hombre.
—Mamá, ¿estás segura de que no necesitas que vuelva al país?
Beatriz se tapó la boca. Aunque las lágrimas corrían por sus mejillas, forzó su voz para que sonara tranquila y relajada.
—Te lo prometo. Estoy perfectamente bien.
—Tú sigue resolviendo tus asuntos en el extranjero. Ahora estoy con Amaya y Romeo. Si no tienes una urgencia, no regreses todavía.
Amaya miró a su madre con el ceño fruncido.
Sabía mejor que nadie cuánto había soñado Beatriz con el regreso de su hermano y con la idea de que los tres volvieran a estar juntos.
Pero entonces, ¿por qué lo rechazaba de forma tan tajante?
¿Acaso no quería ver a su hijo después de tantos años?
¿O temía que su regreso lo pusiera en peligro?
Amaya guardó sus dudas y prefirió no decir nada en voz alta.
Beatriz intercambió un par de frases más y colgó.
Romeo las llevó de vuelta al Residencial Monte Verde.
Ya estaba atardeciendo. Si conducían hasta Santa Lucía, llegarían de noche.
Aunque Beatriz se moría de ganas de ver a Reni, Amaya insistió en que descansara esa noche para viajar temprano a la mañana siguiente.
Beatriz, al no poder convencer a su hija, terminó aceptando.
Cuando llegaron a casa y se asearon, Amaya preparó algo rápido de cenar para que comieran juntas.
Sentadas a la mesa, comían en silencio mientras miraban las noticias locales.
Tal y como esperaban, la fiesta organizada por Vera Ramos y la detención masiva de los jóvenes herederos acaparaba todos los titulares.
La reputación de la familia Muñoz había quedado reducida a cenizas en el círculo empresarial.
—Amaya, soy Rubén Muñoz.
—Quiero pedirte perdón en nombre de toda mi familia. Por favor, ten un poco de piedad y déjanos en paz. ¿Podemos llegar a un acuerdo?
El tono de Rubén era sorprendentemente humilde y sumiso, lo que dejó a Amaya descolocada.
Se sorprendió bastante.
Al parecer, el único con un poco de sentido común y cordura en toda esa familia era el anciano.
Aunque rara vez intervenía, desde la primera vez que intentó intimidar a Amaya y ella le devolvió el golpe, había mantenido una actitud asombrosamente dócil.
Amaya admiraba en parte esa capacidad de tragar su orgullo, pero el tono manipulador de sus palabras le resultaba demasiado rastrero.
Por suerte, Amaya siempre mantenía la cabeza fría.
Su tono fue gélido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta