Porque ella sabía mejor que nadie que su corazón estaba lleno de cicatrices. No podía permitirse aceptar los sentimientos de nadie más, porque... para ella, el amor ya estaba muerto.
Amaya decidió no tocar el tema.
Incluso, para evadir la conversación, bajó la cabeza y empezó a devorar su comida a toda prisa.
Romeo esperó un momento. Ya había imaginado lo que ella quería preguntar y tenía su respuesta preparada.
Pero ella no dijo nada y se dedicó a comer como si llevara días muriéndose de hambre.
Él entendió el mensaje de inmediato. No hizo más preguntas y simplemente empezó a servirle en su plato las porciones que más le gustaban.
***
Una foto de Romeo y Amaya abrazándose llegó al teléfono de Diego.
Diego se desmayó una vez más, nuevamente debido a un bajón de azúcar y su crónico insomnio.
Tumbado en la cama del hospital, recibiendo suero intravenoso, observó la imagen de los dos abrazados fuertemente afuera de aquel centro. En sus profundos ojos oscuros se arremolinaba una densa niebla negra.
¿O sea que ahora quería destruirlo porque se había enamorado de Romeo?
Diego apretó los puños con furia y golpeó la cama con fuerza.
Julio, de pie a un lado, observaba todo en silencio y, sin querer, contuvo la respiración.
Tomó el termo de agua que acababa de llenar, dispuesto a salir a buscar más.
Pero de repente, escuchó la voz gélida y letal de Diego:
—Julio, cuando mi esposa trabajó en la empresa hace unos años, ¿tuvo acceso a los libros de contabilidad reales?
Julio se detuvo en seco y contestó, preparándose para lo peor:
—Sí... En aquel entonces usted no tenía tiempo de revisar todo y le pidió a ella que lo auditara, ¿no lo recuerda?

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