Era Valeria Zaldívar.
Amaya respondió por instinto:
—Diga.
Del otro lado de la línea, se escuchó una voz femenina, chillona y cargada de arrogancia:
—Amaya Ibarra, ¿dónde estás?
—¿No querías discutir una colaboración con el Grupo Zaldívar? Ya hablé con mi papá. Estamos los dos esperándote en el Restaurante Áureo de Santa Lucía. Ven para acá.
El tono de Valeria seguía siendo igual de altanero, dando órdenes como si nadie pudiera llevarle la contraria.
Sin siquiera darle tiempo a Amaya de responder, y dando por sentado que aparecería sí o sí, le cortó la llamada de forma brusca.
Como la voz se coló por el altavoz, Romeo Ortega escuchó cada palabra con total claridad.
Miró a Amaya de reojo:
—¿Valeria Zaldívar, cierto?
Amaya asintió: —Sí. Por su tono de voz, parece que ya convenció a Zacarías Zaldívar y ahora está lista para atacarme.
Romeo sonrió levemente: —Entonces vamos a ver qué clase de emboscada nos tienen preparada.
Esa era exactamente la intención de Amaya:
—De acuerdo, contigo a mi lado, no me da miedo ir a ninguna parte.
Lo dijo con total naturalidad, le salió del alma.
En todos esos días, sin darse cuenta, había empezado a ver a Romeo como su compañero de mayor confianza.
Sin embargo, apenas salieron esas palabras de su boca, se dio cuenta de que sonaban un poco ambiguas.
El corazón le dio un brinco y, antes de que Romeo pudiera decir algo, se apresuró a justificarse con el rostro ardiendo:
—Me refiero a tu compañía en el ámbito laboral, no tiene otro significado. Romeo, por favor, no lo malinterpretes.
Un brillo divertido asomó en los ojos de él: —Ya lo malinterpreté, ¿qué hacemos?
La cara de Amaya se puso roja hasta las orejas. No supo qué contestar y ni siquiera se atrevió a mirarlo a los ojos:
—...
En todo ese tiempo, Romeo se había acostumbrado a verla actuando de forma implacable, arrasando con todo a su paso.
—De acuerdo, de acuerdo. Lo primero es lo primero.
—Solo estaba bromeando, no te lo tomes tan a pecho.
—Ya te lo dije, simplemente mírame como a un hermano, porque al fin y al cabo, yo te veo como a una hermana.
Tras decir eso, Romeo encendió el auto y arrancó a toda velocidad hacia el Restaurante Áureo.
Pero esa última frase fue como un jarro de agua fría cayendo sobre los sentimientos que apenas comenzaban a revolotear en el interior de Amaya.
La alegría desbordante que había sentido en su corazón se apagó de golpe y la sangre en sus venas volvió a enfriarse.
«Es verdad, Amaya, ¿qué estabas pensando?»
«Desde el principio, su única intención fue tratarte como a una hermana menor para cuidar de ti en nombre de tu hermano.»
«Y tú, imaginándote cosas.»
Amaya sacudió la cabeza con fuerza, intentando poner en orden ese torbellino de pensamientos.
Esa ligera tensión romántica que flotaba en el ambiente se desvaneció por completo en un instante.

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