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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 59

A Diego se le hizo un nudo en el pecho. La historia tan triste de Vera, además de las promesas que él mismo le había hecho, le cayeron de golpe en la memoria.

Las palabras cortantes que ya tenía en la punta de la lengua se le quedaron atoradas.

Pero, justo en ese instante de duda, la imagen de Amaya y su pequeña hija se le apareció clarita en la mente.

Porque, mientras Vera pasaba por su peor momento, Amaya estaba exactamente en la misma situación.

Podía ser que él fuera muy buen tío, pero como esposo y papá les debía muchísimo.

Se suponía que, en cuanto todo este relajo terminara, iba a hacer lo posible para recompensar a su esposa y a su hija.

A veces la vida era así de irónica; los embarazos y los partos de las dos habían caído, por azares del destino, casi en las mismas fechas.

Al principio él pensó en llevar a Vera a Villa Jardín del Edén para que los dos bebés crecieran juntos, pero jamás se imaginó que Amaya la detestaría tanto. Eso le había hecho imposible mediar la situación y ahora lo obligaba a tomar una decisión definitiva.

Se acordó de los dos acuerdos que Amaya le había mandado, y de esa actitud tan fría que le venía mostrando últimamente.

Diego cerró los ojos por un segundo, y cuando los volvió a abrir, en su mirada no quedaba rastro de compasión. Su voz sonó más apagada, pero firme:

—Vera, si te estuve consintiendo todo este tiempo, fue por tu situación tan delicada. Pero ahorita Mateo ya cumplió el mes, y yo necesito que mi vida vuelva a la normalidad.

Hizo una pausa y, evitando hacer contacto visual con ella, dio un paso atrás para marcar distancia.

—De ahora en adelante, me voy a dedicar de lleno a Amaya y a nuestra hija. Ellas dos son la prioridad de mi vida.

Vera sintió un pinchazo en el corazón. Retrocedió también, incrédula, y preguntó con la voz temblorosa:

—Diego, dices que ellas son tu prioridad... ¿Acaso yo no lo soy? Tú... ¿en serio me estás botando a la calle?

Diego la miró, y en sus ojos ya no estaba ese brillo consentidor de antes; solo había una frialdad puramente racional.

—Tú tienes el respaldo de Romeo, de la familia Ortega y hasta de tu familia adoptiva. Si sientes que no das una con el niño, le puedes pedir ayuda a mi mamá, o te pago un par de niñeras más.

»Pero no puedes seguir dependiendo de mí para todo. Vera, ya es hora de que te valgas por ti misma.

Capítulo 59 1

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