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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 62

Al ver la cifra astronómica del cargo, se quedó con la boca abierta.

Amaya nunca en su vida había sido tan derrochadora.

Siempre que él le insistía en que gastara más, ella solo sonreía y le decía que había que ahorrar todo lo posible porque aún les quedaba mucha vida por delante.

A menudo, él se sentía afortunado de tener una esposa tan ahorrativa y prudente para administrar el hogar.

Nada que ver con Vera, que gastaba el dinero a manos llenas. A ella no le alcanzaba lo que Romeo le daba para los gastos, así que siempre terminaba pidiéndole ayuda a él.

Cuando le entregó esa tarjeta a Amaya, le dijo con total seguridad que se comprara lo que quisiera, convencido de que, conociendo su personalidad, no gastaría gran cosa.

Pero ahora, estaba derrochando a lo grande. Le había soltado la tarjeta hacía menos de un día y ya se había gastado cientos de millones de pesos.

Si seguía a este ritmo, ni toda su fortuna junta iba a poder soportarlo.

Diego, totalmente tomado por sorpresa, no tuvo más remedio que marcarle de inmediato a su ejecutivo bancario para ordenarle que bloqueara la tarjeta adicional al instante.

***

Para cuando Romeo llegó a la playa, Vera estaba tirada en la arena, empapada de pies a cabeza, sin fuerzas y al borde del colapso.

Al ver la escena, Romeo frunció el ceño por instinto, pero no había ni una pizca de pánico en su mirada:

—Hasta para hacer berrinche hay límites. ¿Cómo fue que terminaste así?

Vera estaba temblando de frío y se mordió el labio con expresión de víctima:

—No... yo no me hice esto. Hace rato un hombre me empujó al mar y me sumergió a la fuerza para que tragara agua. Mi amor, me... me siento muy mal.

Romeo echó un vistazo a su alrededor.

La zona estaba desierta y la playa se extendía a lo largo. Las olas rompían una y otra vez sobre la arena. Aparte de sus propias huellas, no había ninguna otra marca en el suelo.

Se sobó las sienes con resignación y levantó a Vera de la arena en sus brazos, aunque su mirada seguía siendo distante y fría:

—Ya usaste este truquito de hacerte la víctima un montón de veces cuando estábamos en el extranjero.

—Ya te lo dije, conmigo no funcionan esas cosas. Cuando acordamos casarnos dejé muy claras mis condiciones: nuestro matrimonio es solo un trato comercial donde ambos ganamos algo. Tienes que ser independiente, no esperes depender de mí.

Tenía un trastorno de limpieza bastante severo y no soportaba que nadie tocara sus pertenencias personales, incluido su coche.

Al ver a Romeo alejarse con tanta frialdad, Vera sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Gritó con voz desgarradora:

—¡Romeo! Yo... mírate cómo estoy, ¿no puedes siquiera acompañarme?

Romeo se detuvo un instante, pero no volteó a verla. Alzó la vista hacia el cielo nublado y le contestó con frialdad:

—No me gusta que me vean la cara. Ese es mi límite.

Vera le había mentido en dos de los momentos más importantes de su vida: primero para casarse, y luego para tener a su hijo.

El simple hecho de que se hubiera quedado callado y no le hubiera contado a nadie ya era demasiada caridad de su parte.

Romeo apretó los labios, abrió decidido la puerta de su camioneta, se quitó rápidamente el saco del traje que se había salpicado con agua de mar y lo lanzó directo al bote de basura con una puntería perfecta.

Después, se subió al coche y se marchó sin mirar atrás.

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