—Mujer, viéndote así, me resultas aún más excitante.
La voz del hombre era un susurro grave, rozándole la oreja. Y hablaba en un perfecto español.
Esa voz le resultaba aún más conocida, pero seguía sin poder ponerle un rostro.
Sin embargo, sentía con claridad cómo la devoraba con la mirada desde las sombras, acechándola como un depredador.
Los vellos de la nuca se le erizaron. Le faltaba el aire y la cabeza le daba vueltas.
Justo cuando Amaya sintió que iba a desmayarse por la asfixia, el hombre presionó un pañuelo sutilmente perfumado contra su rostro.
La presión en su cuello desapareció por completo, y Amaya, en un reflejo desesperado, inhaló profundamente, aspirando por completo el aroma del pañuelo.
Él no la soltaba.
Con cada respiración agónica, Amaya no tenía más remedio que tragar el químico impregnado en la tela.
Tras unos diez segundos de lucha inútil, empezó a sentir cómo sus músculos se derretían. Algo andaba muy mal con su cuerpo.
Aprovechando su debilidad, el hombre la acorraló, aplastándola contra la pared de ladrillos, y deslizó ágilmente su mano hacia adelante para desabrocharle los pantalones.
—¡Tú... suéltame!
Al darse cuenta de sus intenciones, el grito salió de su garganta de forma automática.
Pero notó con horror que su voz sonaba lánguida y temblorosa. Le ardían las mejillas, su respiración era irregular y una ola de calor empezó a recorrerle las venas.
¡El químico de ese pañuelo era una droga!
Al comprenderlo, el alma casi se le escapa del cuerpo por el terror.
Mientras tanto, el hombre a sus espaldas ardía en deseo, perdiendo el control.
Saber que tenía entre sus brazos a la mujer con la que había estado obsesionado en secreto durante años, y que siempre lo había rechazado, lo empujó al límite.

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