Pero de inmediato, la duda y el recelo reemplazaron a la sorpresa.
Su mirada se volvió oscura y penetrante:
—Vera, dime la verdad. ¿De dónde sacaste a un inversionista de ese calibre?
Su sospecha era completamente natural.
Diego conocía a la perfección el círculo social de Vera. Sus amistades se limitaban a herederas superficiales como Valeria Zaldívar.
Cuando esas mujeres se reunían, lo único de lo que hablaban era de zapatos, bolsos de diseñador y joyas. Jamás tocaban temas complejos como finanzas de alto nivel e inversiones multimillonarias.
La mirada de Vera esquivó la de él por una fracción de segundo.
—Eso no importa ahora. Lo importante es que puedo traerte el dinero que necesitas desesperadamente.
—¿No es flujo de efectivo lo que te urge? Tienes muchísimos proyectos en puerta; con una buena inyección de capital, los levantas todos. Mi contacto tiene dinero de sobra, solo necesita moverlo.
La desconfianza en los ojos de Diego solo aumentó.
—Entonces tienes que decirme exactamente quién es. Después del desastre con el proyecto AM, no voy a asociarme a ciegas con nadie. La última vez en Aquilinia...
Al recordar lo que vivió en Aquilinia, una ola de humillación pura lo golpeó de lleno.
Aquella vez, había ido con la intención de reunirse con el señor Benítez del grupo AM para discutir los detalles de la cooperación y asegurar más fondos.
Pero esa noche, la supuesta reunión terminó siendo la experiencia más degradante de su vida.
Primero, lo hicieron esperar de pie durante tres interminables horas en una habitación vacía y blanca. Le dolían los talones a rabiar.
Luego, le sirvieron un banquete que se veía sofisticado, pero que era una mezcla asquerosa de sabores. Combinaba lo amargo, lo ácido, lo excesivamente picante, lo salado y hasta toques pútridos. Era repugnante, pero lo obligaron a comerse hasta el último bocado.
Y creyó que soportando eso por fin vería al escurridizo señor Benítez, pero aquello apenas era el aperitivo.


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