Romeo apretó suavemente la mano de Amaya:
—Relájate. Mientras yo esté aquí, jamás dejaré que pases ni un solo segundo de vergüenza.
Apenas Romeo terminó de hablar, Amaya vio cómo el chofer llamaba a varios empleados de la casa para empezar a sacar un montón de obsequios del auto de Romeo.
Al ver a los empleados cargando todos esos detalles que a ella ni siquiera se le habían cruzado por la cabeza, pero que Romeo había preparado discretamente, Amaya sintió una oleada de profunda gratitud.
Recordaba perfectamente la primera vez que visitó a la familia Muñoz. También había llegado sin preparación alguna.
Como siempre había sido despistada con ese tipo de formalidades, no había llevado ningún detalle, y Diego tampoco le había sugerido que lo hiciera.
Como resultado, todos los mayores de la familia Muñoz, frente a todos los invitados presentes, le dieron un humillante recibimiento en su primera visita.
Esa sensación de tener que soportar comentarios sarcásticos, miradas despectivas y críticas encubiertas, obligándola a mantener una sonrisa congelada, seguía fresca en su memoria.
Pero ahora, Romeo, sin decir una palabra, ya había dejado todo preparado y cubierto para ella.
Los regalos fueron entregados a cada uno de los mayores siguiendo las marcas de las cajas.
Al recibir un detalle de su agrado, todos los familiares comenzaron a mirar a Amaya con franca aprobación.
Cuando Ximena Chávez vio entrar a Amaya y Romeo, corrió a recibirlos. Tomando a Amaya cariñosamente del brazo, dijo en voz alta:
—¿Y bien? Los regalos que eligió mi nuera, ¿les gustaron o no?
—¡Nuestra Amaya es tan considerada y detallista! Ven, Ami, acércate. ¡Te voy a presentar a toda la familia!
Dicho esto, Ximena llevó a Amaya frente a los abuelos de Romeo.
Romeo iba detrás de ella y, sonriendo, le dijo:
—Ami, ellos son mis abuelos.
Amaya saludó con respeto:

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