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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 897

Amaya nunca había experimentado un beso tan apasionado y arrollador.

Su respiración ya había perdido el ritmo, y exhalaba pequeñas ráfagas de aire caliente sobre el rostro de él.

Su cuerpo se aflojaba sin que pudiera evitarlo. Sintiendo que las piernas le fallaban, sus dedos se aferraron instintivamente a la camisa en el pecho de Romeo, apretándola con fuerza.

Estaba temblando ligeramente de pies a cabeza, como una hoja sacudida por el viento.

Su respiración se volvía cada vez más entrecortada, como si el aire de sus pulmones fuera expulsado a la fuerza.

Justo cuando sentía que iba a asfixiarse y no podía tomar más aire...

Romeo abrió los ojos de golpe y la soltó.

La camisa blanca que llevaba puesta estaba empapada en sudor, pegándose a su pecho y espalda.

Su corbata, que se había aflojado en algún momento, colgaba torcida hacia un lado.

Se quedó mirando atónito a Amaya, quien, como si acabara de salir del agua, tomaba grandes bocanadas de aire.

De inmediato, una expresión de culpa cruzó por sus ojos... Se había excedido; la había besado con demasiada intensidad.

—Ami, perdóname, yo...

Al ver los labios de Amaya ligeramente hinchados y enrojecidos, Romeo se sintió terriblemente avergonzado.

Intentó disculparse de inmediato, pero antes de que pudiera terminar la frase, la mirada brillante de Amaya lo detuvo:

—¿Por qué pides perdón? Somos pareja, ¿acaso no es normal besarnos?

Amaya temía que Romeo volviera a cuestionarse a sí mismo, así que trató de tranquilizarlo a propósito.

Sin embargo, al pronunciar la palabra «pareja» por primera vez, una emoción sutil y profunda atravesó los corazones de ambos.

Era algo realmente extraño.

Los dos ya habían estado casados antes, ambos tenían experiencia.

Pero esos breves minutos de pasión habían sido tan desenfrenados que parecían Adán y Eva probando el fruto prohibido por primera vez.

Amaya no se atrevía a recordar el momento, porque cada vez que lo hacía, su rostro se ponía tan rojo como una manzana madura.

Aunque el beso había sido repentino, le había servido para confirmar al menos una cosa.

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