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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 918

Al fin y al cabo, la única familia que le quedaba a Amaya Ibarra era Beatriz.

Pero esta vez, Diego tiró la casa por la ventana.

Todo el camino, Valeria no había dejado de parlotear sobre lo bien que la familia Ortega trataba a Amaya, la cantidad de regalos que le habían dado y cómo todos la habían recibido con los brazos abiertos.

Valeria se había enterado de todo eso a través de Instagram.

Ni Amaya ni Romeo Ortega habían publicado nada, pero a los más jóvenes de la familia Ortega les faltó tiempo para presumirlo en redes.

Una foto llevó a otra, y en cuestión de horas, todo Solsepia estaba al tanto; obviamente, Valeria no se perdió ni un detalle.

El parloteo incesante de Valeria durante el trayecto hizo que a Diego le palpitara la sien por la jaqueca.

Si había comprado regalos tan costosos, por un lado, era para no dejarse opacar por Romeo, y por otro, porque los gritos de Valeria lo tenían tan harto que prefirió comprar su paz mental.

En el instante en que cruzó la entrada de la mansión Zaldívar, el rostro de Diego se tensó.

La familia ya sabía que él y Valeria habían firmado el acta de matrimonio; sin embargo, no se respiraba ni una pizca de alegría en aquel lugar.

El patio estaba lúgubre.

La sala, completamente vacía.

Al llegar al comedor, Diego notó desde lejos que sobre la inmensa mesa solo había unas cuantas ensaladas simples y platos desabridos, nada digno de una celebración.

Zacarías Zaldívar estaba sentado a la cabecera, sin el más mínimo rastro de la sonrisa que un padre debería tener el día de la boda de su hija.

La madre de Valeria compartía la misma expresión severa, sentada con la frialdad de una estatua de hielo.

—¡Papá, mamá, Diego y yo ya llegamos!

Valeria gritó con voz melosa desde la distancia, antes de correr a abrazarlos.

Diego caminó detrás de ella y levantó la mirada lentamente hacia la pareja.

No sabía exactamente por qué, pero era evidente que la actitud de Zacarías era mil veces más fría que cuando solo eran socios de negocios. Ese trato gélido hizo que una profunda inquietud se instalara en el pecho de Diego.

Como acababan de firmar los papeles, le resultaba imposible llamarlos «papá y mamá», así que se limitó a inclinar levemente la cabeza, de pie y con las manos juntas.

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